La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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30 dic. 2013

Lo que le pido al día


There was a Little Magpie (1928), de Joan Miró
Lo que  al día le pido ya no es
que me cumpla los sueños, que me entregue
los deseos cumplidos de otros días,
porque al fin he aprendido que los sueños
son iguales que las alas de un insecto
y al tocarlos el hombre se deshacen;
y es que un sueño al cumplirse es otra cosa
que no ayuda a volar.
Lo que al día le pido es ese sueño
que al rozarlo se parta en otros sueños
lo mismo que una bola de mercurio,
y que brille muy lejos de mis manos.
Lo que al día le pido empieza a ser
más difícil incluso de alcanzar
que los sueños cumplidos, porque exige
la fe antigua en los sueños.
Lo que al día le pido es solamente
un poco de esperanza, esa forma modesta
de la felicidad.



(GALLEGO, Vicente. El sueño verdadero (Poesía 1988-2002). Madrid: Visor,2003, p. 68.)

24 dic. 2013

El Niño Jesús

La Virgen del Pez (c.a. 1513), de Rafael Sanzio
   «Bendito día de Nochebuena en que los pequeños con piernecitas saltarinas de impaciencia y ojos brillantes escuchan junto a la puerta cerrada detrás de la que se preparan maravillas relucientes y perfumadas, en que con gesto importante observan a la madre que asa el pescado de fiesta para la cena y, con viejas canciones en los frescos labios, corren brincando a donde está la abuelita que sueña sentada en el alto sillón de orejas junto al fuego parlanchín, y le besan las manos dulces y arrugadas. Y entonces llega a casa el padre con perlas de nieve en la barba y trae un buen trozo de invierno y habla del Niño Jesús con el que se ha encontrado en caminos cubiertos de nieve, y cuenta que tiene el cabello como el oro puro y las manos llenas de cosas preciosas. Y afuera ruge la tormenta y la campanilla de un trineo suena en alguna parte, y todo es tan misterioso y tan grande y tan solemne que ya no se puede olvidar jamás... en toda la vida».



(RILKE, Rainer Maria. A lo largo de la vida: historias cortas y apuntes. 2ª ed. Barcelona: Alba Editorial, 1999, p. 89.)

14 dic. 2013

Exilio de una soledad anhelada

   «Estaba harto de esta vigilancia ininterrumpida de los vecinos, de los compañeros, de sus niños, de su amante, de su esposa. “¿Dónde estabas? ¿Dónde vas? ¿Por qué haces esto y no lo otro? Venga, ¡respóndeme! ¿Por qué no dices nada? ¿En qué piensas? ¿En qué piensas ahora mismo? Dímelo, ¡dímelo!”
   Un día se encerró a cal y canto. Aporrearon su puerta. Calló. Le miraron por la ventana. Le miraron por la ventana. Corrió las cortinas. Taladraron un agujero en la puerta, y vio un ojo que lo observaba.
   Al día siguiente, a las cinco de la mañana, se puso un sombrero, cogió algunos libros y un paraguas. Después de caminar treinta y tres horas, se instaló en un paisaje vacío y amplio, donde no había nadie. Decidió quedarse allí para siempre. Primero pensó ocupar su tiempo con los libros. Pero estar solo era una felicidad tan perfecta que quiso disfrutarla en estado puro. No hizo, pues, nada, salvo, de vez en cuando, tomar un sorbo de café de una taza que, milagrosamente, se colmaba sola.
   Por desgracia un pintor lo descubrió. Después de observarlo mucho tiempo con su telescopio, lo dibujó. A traición, pérfidamente, como un asesino. ¡Que mueran los pintores que se prestan al juego sucio de los fotógrafos! ¡Que sean empalados y capados los que violan el refugio donde se ha exiliado una soledad!
   Imploro a quienes hallaren este cuadro indiscreto que lo destruyan de inmediato. ¡Pues es preciso impedir, al precio que sea, que él lo vea! Si lo reconoce, su felicidad se derrumbará y no sé, ciertamente no sé, qué será de él».



(KUNDERA, Milan y BUCHHOLZ, Quint. El libro de los libros: historias de imágenes. Madrid: Lumen, 1998, p. 92-93.)

8 dic. 2013

Bajo el dulce cielo de diciembre

«Rosa, divina rosa que te balanceas al viento, aún salpicada de la menuda lluvia nocturna. Eres feliz en tu placidez, sobre la frescura jugosa de tu tallo, bajo el dulce cielo de diciembre. Pero no tanto como yo. Tú no puedes mirarlo y yo sí. Si sus manos posaran en tu carnadura, no las reconocerías como yo, por su simple tacto. Si oyeras cerca de ti el latido de su corazón, no sabrías que es el suyo, como yo, por su solo golpe».



(STORNI, Alfonsina. Poemas de amor. 3ª ed. Madrid: Hiperión, 2003, p. 51.) 

1 dic. 2013

La ventana

Cuánta tristeza en una hoja del otoño,
Por el riachuelo, Otoño  (1885) de Paul Gauguin
dudosa siempre en último extremo si presentarse como cuchillo.
Cuánta vacilación en el color de los ojos
antes de quedar frío como una gota amarilla.
Tu tristeza, minutos antes de morirte,
sólo comparable con la lentitud de una rosa cuando acaba,
esa sed con espinas que suplica a lo que no puede,
gesto de un cuello, dulce carne que tiembla.
Eras hermosa como la dificultad de respirar en un cuarto cerrado.
Transparente como la repugnancia a un sol ubérrimo,
tibia como ese suelo donde nadie ha pisado,
lenta como el cansancio que rinde al aire quieto.
Tu mano, bajo la cual se veían las cosas,
cristal finísimo que no acarició nunca otra mano,
flor o vidrio que, nunca deshojado,
era verde al reflejo de una luna de hierro.
Tu carne, en que la sangre detenida apenas consentía
una triste burbuja rompiendo entre los dientes,
como la débil palabra que casi ya es redonda
detenida en la lengua dulcemente de noche.
Tu sangre, en que ese limo donde no entra la luz
es como el beso falso de unos polvos o un talco,
un rostro en que destella tenuemente la muerte,
beso dulce que da una cera enfriada.
Oh tú, amoroso poniente que te despides como dos brazos largos
cuando por una ventana ahora abierta a ese frío
una fresca mariposa penetra,
alas, nombre o dolor, pena contra la vida
que se marcha volando con el último rayo.
Oh tú, calor, rubí o ardiente pluma,
pájaros encendidos que son nuncio de la noche,
plumaje con forma de corazón colorado
que en lo negro se extiende como dos alas grandes.
Barcos lejanos, silbo amoroso, velas que no suenan,
silencio como mano que acaricia lo quieto,
beso inmenso del mundo como una boca sola,
como dos bocas fijas que nunca se separan.
¡Oh verdad, oh morir una noche de otoño,
cuerpo largo que viaja hacia la luz del fondo,
agua dulce que sostienes un cuerpo concedido,
verde o frío palor que vistes un desnudo!


(ALEIXANDRE, Vicente. Espadas como labios; La destrucción o el amor. Madrid: Castalia, 1993, p. 174-175.)

24 nov. 2013

El despertar de la palabra

Moebius Strip I  (1961),  de M.C. Escher
«Indecisa, apenas articulada, se despierta la palabra. No parece que vaya a orientarse nunca en el espacio humano, que va tomando posesión del ser que despierta lenta o instantáneamente. Pues que si el despertar se da en un instante, el espacio le acomete como si ahí le hubiese estado aguardando para definirle, para hacerle saber que es un ser humano sin más. Mientras el fluir temporal, en retraso siempre, se queda apegado al ser que despierta envuelto en su tiempo, en un tiempo suyo que guarda todavía sin entregarlo, el tiempo en el que ha estado depositado confiadamente. Y la palabra se despierta a su vez entre esta confianza radical que anida en el corazón del hombre y sin la cual no hablaría nunca. Y aún se diría que la confianza radical y la raíz de la palabra se confundan o se den en una unión que permite que la condición humana se alce».


(ZAMBRANO, María. Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral, 1993, p.25.)

8 nov. 2013

Apariencia del viento


Como leve sonido:
Paisaje azul, (1904) de Paul Cézanne
hoja que roza un vidrio, 
agua que acaricia unas guijas, 
lluvia que besa una frente juvenil;

como rápida caricia: 
pie desnudo sobre el camino, 
dedos que ensayan el primer amor, 
sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;


como fugaz deseo: 
seda brillante en la luz, 
esbelto adolescente entrevisto, 
lágrimas por ser más que un hombre;

como esta vida que no es mía 
y sin embargo es la mía, 
como este afán sin nombre 
que no me pertenece y sin embargo soy yo;

como todo aquello que de cerca o de lejos 
me roza, me besa, me hiere, 
tu presencia está conmigo fuera y dentro, 
es mi vida misma y no es mi vida, 
así como una hoja y otra hoja 
son la apariencia del viento que las lleva.



(CERNUDA, Luis. La realidad y el deseo. Madrid: Castalia, 1982, p. 159-160.)

2 nov. 2013

La transformación en lector

   «Es bueno que ciertas cosas, que ya no pueden transformarse en otras, consten, simplemente, sin lamentar los hechos ni tampoco juzgarlos. Fue así que comprendí claramente que yo nunca sería un verdadero lector. Cuando era niño se me antojaba que la lectura era una profesión que debía ser asumida más tarde, un día, cuando llegara el momento de las profesiones, una tras otra. A decir verdad, no tenía una idea precisa de cuándo podría ocurrir esto. Confiaba en que se advertiría cuando la vida, en cierto modo, cambiara repentinamente y sólo le viniera a uno de afuera, así como antes surgía de adentro. [...]
   En mi caso, también la lectura se situaba al principio de semejantes transformaciones. Entonces trataría a los libros como a las amistades; habría un tiempo reservado para ellos, un tiempo determinado, que pasaría en forma regular y complaciente, no más prolongado que el estrictamente necesario y provechoso. Naturalmente algunos libros estarían más cerca de uno y nadie podía asegurar por anticipado que no se podría perder de vez en cuando una media hora con ellos, un paseo, una cita, un estreno teatral o una carta urgente».



(RILKE, Rainer Maria. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Buenos Aires: Corregidor, 1977, p. 169-170.)

27 oct. 2013

Aquel rostro

   «El niño cambiaba, crecía. Una semana de indolencia bastaba para ablandarlo; una tarde de caza le devolvía su firmeza, su atlética rapidez. Una hora de sol lo hacía pasar del color del jazmín al de la miel. Las piernas algo pesadas del potrillo se alargaron; la mejilla perdió su delicada redondez infantil, ahondándose un poco bajo el pómulo saliente; el tórax henchido de aire del joven corredor asumió las curvas lisas y pulidas de una garganta de bacante. El mohín petulante de los labios se cargó de una ardiente amargura, de una triste saciedad. Sí, aquel rostro cambiaba como si yo lo esculpiera noche y día».



(YOURCENAR, Marguerite. Memorias de Adriano. 1ª ed., 21ª reimp. Barcelona: Edhasa, 1991, p. 131.)

20 oct. 2013

Otoño llameante


Otoño  (1896), de Alfons Mucha


El viento despierta,
barre los pensamientos de mi frente
y me suspende
en la luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!
Otoño: entre tus manos frías
el mundo llamea.


Otoño

(1933)


Octavio Paz

3 oct. 2013

Bajo este cielo desleído

   «No sé que suerte de inclemencia está cayendo a plomo sobre el paisaje. La carretera, con trazas y mañas de río, simula apacibles aguas cristalinas y se aleja bajo la llovizna. El esplendor de la hierba todavía no es más que una promesa bajo el cielo de mármol uniforme, sin mácula, sin una grieta de luz. Más allá de semejante atmósfera atribulada se esconden auroras radiantes y rosadas nubes de algodón. La lluvia impalpable pudo haber caído hace muchos días, o tal vez meses, y hasta podría ser que aún no hubiese caído: podría estar parada en el aire, en suspenso, acechando la mansedumbre de la llanura, abrumando la senda que reluce y serpentea alejándose. En los pentagramas casi invisibles que sostienen los postes del telégrafo no se posan pájaros, ni corcheas ni palabras, y el asfalto espejea con tal porfía y pulcritud que no me extrañaría que no llevara a parte alguna. Solamente la escritura abierta como una casita al borde del camino, y el velomotor parado ante ella, expectante y dócil, sugieren un vínculo afectivo, al compartir respectivamente una presencia y una ausencia: el fantasma de una voluntad ilustrada, doméstica e itinerante. Consustanciados libro y vehículo, refugio y sendero. Bajo este cielo desleído, en medio de tanto esplendor aplazado, la lectura ofrece cobijo».



(MARSÉ, Juan y BUCHHOLZ, Quint. El libro de los libros: historias de imágenes. Madrid: Lumen, 1998, p. 55-57.)

28 sept. 2013

¿De dónde se es?

Staroměstské náměstí v Praze - Plaza de la Ciudad Vieja de Praga


«No se es de un lugar porque en él se haya nacido, sino porque en él se haya prendida la mirada».


(ZAMBRANO, María. Algunos lugares de la pintura. Madrid: Espasa-Calpe, 1989, página 259.)

25 sept. 2013

El brillo de las estrellas

La noche estrellada  (1889),  de Vincent van Gogh
«John Farmer estaba sentado a la puerta de su casa una tarde de septiembre, tras una dura jornada de trabajo, repasando en su espíritu, más o menos, la labor cumplida. Después de haberse dado un baño, fue a sentarse en paz para recrear su persona intelectual. Era un atardecer frío, y algunos de sus vecinos expresaron sus temores de una helada inminente. Poco llevaba dejándose conducir por el tren de sus pensamientos cuando oyó que alguien estaba tocando la flauta, sonido que tan bien armonizaba con su talante del momento. Pero siguió pensando en su trabajo, aunque con el inconveniente de que, aunque aquél bullías aún en su mente –y él seguía, pues, ocupado con él, aun contra su voluntad, maquinando cómo librarse de la idea– la verdad es que poco le importaba. No era sino la escamilla de su piel, constantemente arrancada. Las notas de la flauta, en cambio, llegaban a sus oídos procedentes de una esfera diferente de la que él laboraba, sugiriéndole actividades nuevas para ciertas facultades en él adormiladas. Poco a poco le hicieron olvidar la calle, el pueblo y las condiciones en que vivía. Y oyó una voz: “¿Por qué sigues aquí, dándole a una vida mezquina y ardua, si hay a tu alcance una gloriosa existencia? Estas mismas estrellas brillan también sobre otros campos”. Pero ¿cómo salir de este estado y emigrar allá? Todo cuanto se le ocurrió fue el practicar alguna nueva austeridad, dejar que el espíritu le embargara el cuerpo redimiéndolo, y tratarse en lo sucesivo con acrecentado respeto».




(THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 276.)

13 sept. 2013

En honor a Baco

En honor a Baco (1889)de Lawrence Alma-Tadema
   «Los banquetes y la bebida algo más licenciosa y aun llegando tal vez a la raya de la embriaguez (no de modo que nos anegue, sino que nos divierta), nos aligerarán los cuidados, sacando el ánimo de su encerramiento; porque como el vino cura algunas enfermedades, así también cura la tristeza. A Baco, inventor del vino, le llamaron Liber, no por la libertad que da a la lengua, sino porque libra al ánimo de la servidumbre de los cuidados, fortaleciéndole y haciéndole más vigoroso y audaz para todos los intentos; pero como en la libertad es saludable la moderación, lo es también el vino».



(SÉNECA, Lucio Anneo. Tratados filosóficos. 8ª ed. México: Porrúa, 2003, p. 188.)

1 sept. 2013

Vladimír Holan


«Y siempre acontece lo inesperado. Tan inesperado como la presencia del poeta cada vez que se abre el libro... Su voz desconocida nítidamente se integraba en cada una de aquellas palabras suyas que penetraban en mí de modo imperioso, obligándome a seguirlas hasta el punto de no poder apearme del autobús, de no ver siquiera, detrás de los cristales, la corteza gris de los árboles y sus delgadas ramas porque en la página emergía su realidad insospechada. Insospechada, sí, pero sabida, albergada en el interior, pues sucedía que el libro expresaba el recorrido de mi propio cerebro: La avaricia empieza en el dar... no nos sentimos a gusto ni junto a los que duermen  ya que no sabemos dónde se detendrán... Todo aquí, entre tanto, es milagro una sola vez [...] Una sola vez la irrepetibilidad e inconsciencia de la infancia, una sola vez la juventud, sólo una vez el canto, una sola vez el amor... ¿Era ésta la vez? ¿Cómo saberlo? Nunca antes había acontecido nada semejante, pero él mismo decía: No hay conocimiento... vivimos sólo de ilusiones. 


¿Quién era el que había recorrido unos caminos que eran los mismos caminos de mi laberinto? Había nacido en Praga, en 1905... Poco después empecé a averiguar».



(JANÉS, Clara. La voz de Ofelia. Madrid: Siruela, 2005, p. 32.)

11 ago. 2013

La piel de Agosto

Paisaje estival (1902),  de Pablo Picasso
DESPACIO, Agosto en sus alondras, alza
–la piel de un monte espejo ante la luz
en vuelo al campo sobre el campo– un viento,
casi dormido cuerpo de Levante.
Lento, avisa un deseo a la mañana
del campo, el trigo iluminado al verla...
Agosto baja... El campo lo recibe...
¡La piel de Agosto es vuelo en las alondras!

Levante, al verlo, Agosto se despierta
y, al centro, al borde, afuera, en todo el círculo
del campo, al trigo busca en él, sin límites,
cuerpo total que a sus principios prenda.
¡Hunde la horquilla entre sus tallos! ¡Alza
de su pupila al iris roto! ¡En cumbres
altas, Levantes mil clava en el cielo
que, en cielos mil, al trigo no percibe!
(...)



(PRADOS, Emilio. Circuncisión del sueño. Valencia: Pre-textos, 1981, p. 52.) 

27 jul. 2013

Otros ritmos, otros modos

Verano (1896),  de Alfons Mucha
No es el mar, no es el viento, es el sol
lo que me duele desde la cintura hasta los zapatos.
Sol de finales de julio
o de agosto a plomo: finas
agujas de acero.
Es el sol de estos días, que brilla
entre las hojas.
Bebiendo mi agua.
Pegado a mi piel.
Es de otro territorio, de otro arenal.
Tiene otros ritmos, otros modos,
otra lentitud para roer
la cal, morderme los ojos.
Hasta cuando ciega canta al arder.



 (ANDRADE, Eugénio de. Los surcos de la sed. Madrid: Calambur, 2001, p. 33.)

19 jul. 2013

La amistad del libro

Vilma leyendo un libro, de Tavik František Šimon
   «En la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasamos la velada en su compañía, es porque realmente nos apetece. A menudo tenemos que dejarlos contra nuestra voluntad. Y una vez nos hemos ido, ni sombra de esos pensamientos que echan a perder la amistad: ¿Qué habrán pensado de nosotros? – ¿No habremos estado faltos de tacto? – ¿Hemos gustado?, y el miedo a que prefieran a cualquier otro. Todos estos sobresaltos de la amistad, desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura».



(PROUST, Marcel. Sobre la lectura. Valencia: Pre-textos, 1997, p. 54.)



11 jul. 2013

Atardecer

Las rosas de Heliogábalo (1888)de Lawrence Alma-Tadema
   «En los largos atardeceres del verano subíamos a la azotea. Sobre los ladrillos cubiertos de verdín, entre las barandas y paredones encalados, allá en un rincón, estaba el jazminero, con sus ramas oscuras cubiertas de menudas corolas blancas, junto a la enredadera, que a esa hora abría sus campanillas azules.
   El sol poniente encendía apenas con toques de oro y carmín los bordes de unas frágiles nubes blancas que descansaban sobre el horizonte de los tejados. Caprichoso, con formas irregulares, se perfilaba el panorama de arcos, galerías y terrazas: blanco laberinto manchado aquí o allá de colores puros, y donde a veces una cuerda de ropa tendida flotaba henchida por el aire con una insinuación marina.
   Poco a poco la copa del cielo se iba llenando de un azul oscuro por el que nadaban, tal copos de nieve, las estrellas. De codos en la barandilla, era grato sentir la caricia de la brisa. Y el perfume de la dama de noche, que comenzaba a despertar su denso aroma nocturno, llegaba turbador, como el deseo que emana de un cuerpo joven, próximo en la tiniebla estival».


(CERNUDA, Luis. Ocnos. Sevilla: Ayuntamiento, 2002, p. 80-81.)

28 jun. 2013

Segovia: lugar de la palabra

Alcázar de Segovia,  de Li-Shu Chen
   «Lo propio de una ciudad ha de ser algo que encierre una exigencia constante y que sea al par una dádiva. Un don de esos que obligan al que lo recibe sin que él se dé cuenta o sin que sea necesario que se la dé. Algo inmaterial y que se corporeíza, algo trascendente y que se convierte en pan de cada día. Algo que corresponde, que ha de corresponder, a los elementos esenciales que forman la figura, el cuerpo, la fisonomía de la ciudad.
   Una especial luz asiste a ciertas veras ciudades; una luz que sólo allá se da, que conserva su identidad a través de innumerables ciclos de variaciones; una luz que, como es vida, tiene su pasión y que llega a las cosas de una cierta manera. No cae la luz en Segovia: la ciudad toda se alza hasta ella, la alcanza en su crecimiento hasta llegar al nivel en que esa luz se da. No la persigue como Toledo, ni está a punto de abrasarse en ella como en Cuenca, ni de desleírse en ella, como en Granada. Entra en el nivel de la luz simplemente, como si hubiera sido plantada, como esos árboles que crecen hasta que la encuentran y allí se quedan sin avidez ni esfuerzo; temblando, eso sí».


(ZAMBRANO, María. España, sueño y verdad. Barcelona: Edhasa, 1982, p.  195-196) 

22 jun. 2013

¡Qué bello paisaje!

Paisajes de palabras:
los despueblan en mis ojos al leerlos.
No importa: los propagan mis oídos.
Brotan allá, en las zonas indecisas
del lenguaje, palustres poblaciones.
Son criaturas anfibias, son palabras.
Pasan de un elemento a otro,
se bañan en el fuego, reposan en el aire.
Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen?
No dicen: hablan, hablan.



(PAZ, Octavio. Delta de cinco brazos. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1998, p. 96.)

16 jun. 2013

Dios no escribe novelas

El acero (1928), de František Kupka
   «Sí, tal vez existiera ese universo invulnerable a los destructivos poderes del tiempo; pero era un helado museo de formas petrificadas, aunque fuesen perfectas, formas regidas y quizá concebidas por el espíritu puro. Pero los seres humanos son ajenos al espíritu puro, porque lo propio de esta desventurada raza es el alma, esa región desgarrada entre la carne corruptible y el espíritu puro, esa región intermedia en que sucede lo más grave de la existencia: el amor y el odio, el mito y la ficción, la esperanza y el sueño. Ambigua y angustiada, el alma sufre (¡cómo no podría no sufrir!), dominada por las pasiones del cuerpo mortal y aspirando a la eternidad del espíritu, vacilando perpetuamente entre la podredumbre y la inmortalidad, entre lo diabólico y lo divino. Angustia y ambigüedad de la que en momentos de horror y éxtasis crea su poesía, que surge de ese confuso territorio y como consecuencia de esa misma confusión: un Dios no escribe novelas».



(SÁBADO, Ernesto. Abaddón, el exterminador. Barcelona: Seix Barral, 1983, p. 368.)

1 jun. 2013

Un cuento a varias voces

El documental Un cuento a varias voces, realizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) de México, recoge el espíritu, el alcance y la dimensión del programa Salas de Lectura, una acción puesta en marcha en este país latinoamericano hace más de quince años. Muestra algunas experiencias de promoción de la lectura en todas las edades. Experiencias en las que leer y vida van de la mano. 

El cortometraje recorre la geografía mexicana a través de los espacios de lectura en ciudades como Sinaloa, Oaxaca, Morelos, Sonora, Michoacán, Baja California, Campeche e Hidalgo. Son espacios diversos y personalizados como una casa, una vieja estación de ferrocarril, un centro cultural, un centro de readaptación y hasta un cementerio. También retrata un paisaje humano rico y diverso en el que mediadores jóvenes, adultos y mayores hacen posible la presencia de lecturas en comunidades empobrecidas. En ellas el libro es una puerta, una posibilidad de elevar expectativas, y un refuerzo de la autoestima de muchos niños, adolescentes y adultos que encuentran en estas Salas de lectura una oportunidad de encuentro con las letras y con los otros.



15 may. 2013

Flor desde tu ausencia...


Una querencia tengo por tu acento,
Ramas con flor de almendro (1890),  de Vincent van Gogh
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.

¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
sus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.

Quiero que vengas, flor desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo. 


(HERNÁNDEZ, Miguel. El rayo que no cesa. 9ª ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1978 , p. 37-38).

9 may. 2013

Tratarse


You and me,  de Li-Shu Chen
«Es maravilloso el proceso de ir descubriendo cómo nos hacemos amigos de una persona. Luego, cuando pasa el tiempo, se recuerdan los momentos iniciales y cómo se fue produciendo aquel chispazo. El campo atractivo de la amistad forma una telaraña compleja en la que se cruzan y entremezclan, entran y salen, suben y bajan sentimientos, aspiraciones, deseos e ilusiones. Todo ello va a dar lugar a una tupida red de significados en la que el vaivén de los movimientos va a estar a la orden del día. Nos damos cuenta de cómo se va desarrollando ese arranque positivo, el cual necesita, si se desea consolidarlo, proximidad, cercanía, diálogo, conversación, intercambio de pareceres... En una palabra: tratarse. Y tratarse es intimar, buscarse, llamarse, quedar, tener una progresiva necesidad de ver a la otra persona».

(ROJAS, Enrique. Amistad: adiós a la soledad. Madrid: Temas de hoy, 2009, p. 28.)

1 may. 2013

El camino hacia la esencia de la vida


   «Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito; para hacer frente sólo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquélla tuviera por enseñar, y no por descubrir, cuando llegase mi hora, que no había siquiera vivido. No deseaba vivir lo que no es vida, ¡es tan caro el vivir!, ni practicar la resignación, a menos que fuera absolutamente necesario. Quería vivir profundamente y extraer de ello toda la médula; de modo tan duro y espartano que eliminara todo lo espurio, haciendo limpieza drástica de lo marginal y reduciendo la vida a su mínima expresión; y si ésta se revelaba mezquina, obtener toda su genuina mezquindad y dársela a conocer al mundo; pero si fuera sublime, conocerla por propia experiencia y ofrecer un verdadero recuento de ella en mi próxima manifestación».


(THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 119.) 

25 abr. 2013

Escrutinio libresco

Vrindaban (1965),  de Octavio Paz
   «Causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
   –No –dijo la sobrina–; no hay qué perdonar a ninguno porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojadlos por las ventanas al patio y hacer un rimero dellos, y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
   Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
   –Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego.
   –No, señor –dijo el barbero –; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar».


(CERVANTES, Miguel de.  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Parte I. Barcelona: Círculo de Lectores, 1982, p. 91-92.)