La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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28 dic. 2011

El invierno


 El invierno
de lunas anchas y pequeños días
está sobre nosotros. Hace tiempo
yo era niño y nevaba mucho,
mucho. Lo recuerdo
viendo a la tierra negra que reposa,
apenas por el hielo
de un charco iluminada.
Es increíble: pero todo esto
que hoy es tierra dormida bajo el frío,
será mañana, bajo el viento,
trigo.
            Y rojas
amapolas. Y sarmientos...

Sin esperanza:
la tierra de Castilla está esperando
crecen los ríos
con convencimiento.


(GONZÁLEZ, Ángel. El invierno, incluido en: GARCÍA HORTELANO, Juan. El grupo poético de los     50: (una antología). Madrid: Taurus, 1987, p. 49.)

24 dic. 2011

Noche Santa

La Sagrada Familia con el cordero (1507), de Rafael Sanzio
   «–Me extraña tu modo de ser –gritó la señora Dina–. Si fuera gente decente habría ido a casa del alcalde y no mendigando por ahí... ¿Por qué no los han albergado los de Simón? ¿Por qué hemos de aceptarlos nosotros sin más ni más? ¿Acaso somos peores que los de Simón? Yo sé muy bien lo que ocurre... La mujer de Simón no metería en su casa a unos vagabundos. Me sorprende que te rebajes de ese modo, hombre, y sin saber con quién.
   –¡No grites! –gruñó el viejo Isacar–. ¡Te van a oír!
  –¡Que me oigan! –contestó la señora Dina, alzando la voz todavía más–. ¡Eso faltaría! ¡Que no pudiera gritar en mi propia casa! ¡Que por culpa de unos vagabundos tuviera que cerrar el pico! ¿Los conoces? ¿Los conoce alguien? Él te dice: “Esta es mi mujer”. Eso que se lo cuenten a otro. ¡Como si yo no supiera cómo van las cosas entre esta gente...! ¿No te da vergüenza dejar entrar algo así en tu casa?
   Isacar quería objetar que les había albergado solamente en el establo, pero se lo calló. Le gustaba tener paz.
   –Y ella –continuó la señora Dina escandalizada– está en estado interesante, ¡para que lo sepas!, Dios mío, ¡eso es lo que nos faltaba! ¡Jesús, María! ¡A ver si aún vamos a dar que hablar! Dime, ¿dónde tienes la cabeza? –la señora Dina recobró el aliento–. Está claro, a una joven no le sabes decir que no. En cuanto te ha echado una miradita te has desvivido por servirla. Por mí no lo hubieras hecho, Isacar. “Acomodénse, buena gente, hay cantidad de paja en el establo”. ¡Como si fuéramos los únicos en todo Belén que tienen establo!».


(ČAPEK, Karel. Apócrifos. Madrid: Valdemar, 1989, p. 64-65.)

21 dic. 2011

¿Por qué vino a ti?

Karlův Most, v Praze. Puente de Carlos, Praga
No vine a ti para alabar
la niebla que te difumina
ni esa escarcha que te hace entrar
en una caja cristalina.

Ni vine a ver cómo se clava
tu más fina torre en el cielo
ni si tu nieve es un pañuelo
sobre los puentes del Moldava.

Vine de lejos, desterrado,
a contemplar sencillamente
cómo de tu hermoso pasado
se alza robusto tu presente.


Praga


(ALBERTI, Rafael. La primavera de los pueblos (1955-1968), incluido en El poeta en la calle (Obra civil). Madrid: Aguilar, 1978, p 345.)

17 dic. 2011

Ser en la vida romero




Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero. 

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, 

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos 

para que nunca recemos 

como el sacristán los rezos, 
ni como el cómico viejo 
digamos siempre los versos. 
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos, 
decía el príncipe Hamlet, viendo 
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo 
un sepulturero. 
No sabiendo los oficios los haremos con respeto. 
Para enterrar a los muertos 
como debemos 
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero. 
Un día todos sabemos 
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo 
la hizo Sancho el escudero 
y el villano Pedro Crespo. 
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo. 
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, 
ligero, siempre ligero. 
Sensibles a todo viento 
y bajo todos los cielos, 
poetas, nunca cantemos 
la vida de un mismo pueblo 
ni la flor de un solo huerto. 
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.


(LEÓN FELIPE. Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 17-18.)



14 dic. 2011

Adoraba las peras y las apuestas

   «Habiendo leído en los periódicos todo aquello, el famoso Sidney Hall, detective americano, se hundió en sus pensamientos y tomó la decisión de intentar él mismo ver sí conseguía atrapar al mago. Se disfrazó, pues, de millonario, se metió un revólver en el bolsillo y marchó a Europa.
   Cuando llegó aquí, se presentó de inmediato al jefe superior de policía. Éste le expuso todos los aspectos del asunto, cómo habían perseguido al mago y terminó con estas palabras:
   – En consecuencia, ahora es del todo imposible llevar a ese malvado ante la justicia.
Sidney Hall sonrió:
   – Antes de cuarenta días se lo traeré detenido.
   – Imposible –exclamó el jefe superior de policía.
   – Apostemos una cesta de peras –respondió Sidney Hall. Y es que Sidney Hall adoraba las peras e igualmente adoraba las apuestas».


(ČAPEK, Karel. Nueve cuentos y uno de propina de Josef Čapek. Madrid: Siruela, 2003, p. 35.)


   ¿Cómo saben los duendes carteros el valor de las cartas con las que juegan sus partidas? ¿Por qué cada día el gato Jura se escapa del palacio y Vasek tiene que llevarlo de nuevo? ¿Quién enseñó a volar a los pájaros? ¿Conseguirá el detective Sidney Hall ganar la apuesta?...

   Éstos y otros interrogantes podrás descifrarlos leyendo estos Nueve cuentos, en los que Karel Čapek –pronúnciese Chapek- combina humor y fantasía con una trascendente percepción del sentir humano. La acción de la mayoría de las narraciones se desenvuelve en pueblos y ciudades checos y sus protagonistas no son príncipes azules ni seres fantásticos, sino animales y personas que expresan valores esenciales como la honestidad y la amistad. Čapek no se limita a escribir simplemente unos cuentos más o menos divertidos para los niños; detrás de cada relato se esconde un guiño al lector adulto y una sátira amable del mundo de hoy. Su vivaz lenguaje y elocuente imaginación los hacen idóneos para ser leídos en voz alta en la hora del cuentacuentos.

   Čapek (1890-1938) es uno de los escritores checos más destacados del siglo XX. Hijo de un médico rural, estudió filosofía en Praga, Berlín y París. Novelista, dramaturgo, dibujante, periodista, filósofo y traductor, alcanzó gran popularidad en el periodo de entreguerras, cuando la antigua Checoslovaquia se hizo independiente.

   De sus obras, los dramas R.U.R. (sigla de Rossum’s Universals Robots) -en la que acuñó la palabra ‘robot’, hoy universalmente admitida- y El juego de los insectos cosecharon un contundente éxito y le valieron el reconocimiento internacional. Sus tramas alertan sobre los peligros que acechan a una sociedad mecanizada, obsesionada por la producción y el consumo.

   Entre sus novelas, cabe destacar La fábrica de absoluto, Krakatit y  La guerra de las salamandras. Repletas de ingenio y humor (ese socarrón humor que caracteriza a los checos) son un fiel reflejo de las inquietudes que le provocaron los acontecimientos históricos que le tocó vivir -la Primera Guerra Mundial y la amenaza nazi- y el pujante desarrollo tecnológico al servicio de la explotación y el exterminio.
   
   Cultivó con gran maestría los cuentos, como este libro que aquí os presento y Apócrifos en donde nos ofrece una mirada irónica y desendiosada de algunos personajes históricos como Atila, Jesús de Nazareth, Don Juan, Hamlet y Napoleón.

   En dos ocasiones obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país: en 1934 con la novela Meteoro y en 1937 con Enfermedad Blanca.


11 dic. 2011

Los ojos no ven, sienten

Safo y Faón (1809),  de Jacques-Louis David
   «Cada vez que te dejo retengo en mis ojos el resplandor de tu última mirada. Y, entonces, corro a encerrarme, apago las luces, evito todo ruido para que nada me robe un átomo de la substancia etérea de tu mirada, su infinita dulzura, su límpida timidez, su fino arrobamiento. Toda la noche, con la yema rosada de los dedos, acaricio los ojos que te miraron».


(STORNI, Alfonsina. Poemas de amor. 3ª ed. Madrid: Hiperión, 2003, p. 25.) 

9 dic. 2011

Olor difuso a carbonilla y campo

Paisaje con nieve (1888),  de Vincent van Gogh
Diciembre es esta imagen 
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con un olor difuso a carbonilla y campo.
Diciembre es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,
al final de una noche,
y la visión en fuga de unos soportales.


Y los ojos inmensos
—tizones agrandados—
en la cara morena de una cría
temblando igual que un gorrión mojado.
En la mano sostiene unos zapatos rojos,
elegantes, flamantes como un pájaro exótico.

El cielo es negro y gris
y rosa en sus extremos,
la luz de las farolas un resto amarillento.
Bajo un golpe de lluvia, llorando, yo atravieso,
innoble como un trapo, mojado hasta los cuernos.
.


(GIL DE BIEDMA, Jaime. Las personas del verbo. Palencia: Cálamo, 2009, p. 173.)

6 dic. 2011

Una tienda de sueños

Mujer soñando con la evasión, de Joan Miró
   «Con la luz eléctrica los paquetes se apagaron y quedaron otra vez descoloridos y polvorientos en los estantes. Me ardían los ojos, me pasé la mano por la frente húmeda y fui al mostrador. El vendedor sacó un lápiz del cajón y abrió el libro de cuentas. Pero, antes de que empezara a escribir, le sujeté la mano, temiendo no pagar lo que me pidiera.
   –Compraré un solo sueño –dije precipitadamente–. Me llevaré únicamente el sueño de Anna... –y enseguida rectifiqué–: ... sólo el de la muchacha y el barco blanco.
   Con gesto pensativo, él anotaba cifras ilegibles en una hoja de papel que tenía junto al bloc, como si le costara calcular el precio.
   –Un mes –murmuró al fin, tachando sus cálculos con una raya firme.
   Yo me reí en su cara.
   Alisándose las solapas, el hombre explicó:
   –Hablo en serio. Quizá esperaba poder pagar con dinero, pero sepa usted que en ningún sitio se compran con dinero los sueños. Debe pagarlos con tiempo. Los sueños cuestan tiempo; algunos, mucho tiempo. Tenemos un sueño (puedo enseñárselo, si quiere) por el que pedimos una vida.
   –Muchas gracias –le interrumpí, porque empezaba a sentir vértigo-, me temo que no dispongo de tanto tiempo, no tengo tiempo siquiera para ese sueño pequeño que deseo comprar –me acerqué al hombre y lo miré con gesto suplicante-. Deseo ese sueño más de lo que pueda usted imaginar, le pagaría mucho por él, le daría incluso todos mis ahorros, pero mi trabajo es antes que mi tiempo, (...)
   –Escuche  –grité al hombre, que había dejado de mirarme y volvía a contemplar la calle con indiferencia–, he de pensarlo, lo pensaré y volveré mañana. ¡Guárdeme el sueño, no permita que otro se lo lleve!».


(BACHMANN, Ingeborg. Ansia y otros cuentos. Madrid: Siruela, 2005, p. 48-49.)

4 dic. 2011

Diario de Praga




   «Jueves, 1 de enero de 1942. Me hice con corteza de árbol un violín precioso, pero todavía no puedo tocarlo porque por ahora sólo tiene dos cuerdas (de goma). Por la mañana hice deberes. Por lo demás no pasa nada especial. En realidad pasan muchas cosas, pero no se notan. Lo que resulta ahora totalmente corriente, hubiera sido motivo de escándalo en una época normal. Los judíos, por ejemplo, no pueden comprar fruta, gansos y aves en general, queso, cebolla, ajo y muchas otras cosas. No les dan cartillas de racionamiento de tabaco a los presos, a los locos y a los judíos. No pueden viajar en el vagón delantero de los tranvías, en los autobuses y en los trolebuses, no pueden pasear por la orilla del río, etc. etc.».


(GINZ, Petr. Diario de Praga, 1941-1942. Barcelona: Acantilado, 2006, p. 69-70.)




   Petr llevó un diario entre los 13 y 14 años. No  lo escribió con un fin literario. Es la  descripción cotidiana de la vida de un adolescente que escribe sobre lo que ve, siente y vive: la visita de sus primos, las ocurrencias de su amigo Popper, los castigos del colegio: “por la mañana, paseo; por la tarde, colegio”, o el sucinto “nada especial”, en un estilo muy similar al de otra adolescente, Ana Frank, desaparecida también en los campos de concentración nazi. Pero además, la lectura de su cotidianidad nos aporta una visión más nítida del destino de los judíos durante la 2ª Guerra Mundial y de las condiciones bajo las que vivieron los ciudadanos praguenses durante la ocupación.  Según las fechas del diario van avanzando, el lector es testigo de actitudes inhumanas no sólo de los nazis sino también de “personas normales”, percibiendo así la docilidad con que la vileza humana se expresa y se contagia.


   «Viernes 12 de junio de 1942. Al tío Milos se lo llevan. ¿A Terezin? ¿A Polonia? Puede que también a los abuelos. De nuestro curso se va Baum».

(Ibidem, p. 119.)


   Este diario, perdido durante más de medio siglo, salió a la luz pública en 2003. Pero el nombre de Ginz ya era bien conocido en Chequia, al menos por quienes se habían acercado a la historia del campo de concentración de Terezin, ciudad a unos 60 kilómetros al norte de Praga por la que pasaron más de 140.000 judíos checos y que ejerció de antesala de Auschwitz, donde él también fue exterminado a los 16 años.

   En la Feria del Libro de Madrid de 2006, recién publicado este libro en español, quien me lo regaló escribió: « (...) Pese a ser un relato triste, recoge emociones de una ciudad que llevas tan dentro...». 

1 dic. 2011

Cartas a una desconocida

Muchacha en la ventana (1925),  de Salvador Dalí
Cuando pasen los años, cuando pasen
Los años y el aire haya cavado un foso
Entre tu alma y la mía; cuando pasen los años
Y yo sólo sea un hombre que amó, un ser que se detuvo
Un instante frente a tus labios,
Un pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿Dónde estarás tú? ¡Dónde
Estarás, oh hija de mis besos!


(PARRA, Nicanor. Poemas & antipoemas. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1998, p. 72.)