3 abr. 2013

Amigo y enemigo


  «Recuerdo los primeros libros, pocos, que compré cuando era estudiante. Los coloqué en una pequeña repisa y todos los días me acercaba a mirarlos con ilusión. Me sentía orgulloso de poseer mis propios libros. Paulatinamente la repisa se fue llenando de volúmenes y tuve que comprar un pequeño mueble librería. Pronto fueron dos, después tres, finalmente diez. A pesar de ello, ideé un sistema que me permitía encontrar cualquier libro con los ojos cerrados. Más tarde me vi obligado a deshacerme de los muebles librería y a instalar un montón de estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes de mi estudio. Tuve que cambiar el sistema, y desde entonces pierdo a menudo horas enteras buscando un libro que sé con certeza que poseo. O está mal colocado, o (y esto es lo más frecuente) alguien me lo ha robado.
   Durante mucho tiempo fue para mi motivo de orgullo poseer una biblioteca bien sistematizada, y, salvo contadas excepciones, no tener que recurrir a una biblioteca pública, ni quisiera cuando me aventuraba en campo tan ajeno a mí como la astrología o cuando tenía que resolver un crucigrama. Últimamente la situación ha cambiado y me horroriza pensar que voy a recibir todavía más libros. Sé que no encontraré espacio para ellos. En los rincones de mi estudio y sobre mi mesa de trabajo se amontonan en un caos total. He llevado a cabo varias operaciones de limpieza, regalando o vendiendo los libros que sabía no iba a volver a abrir. Pero entonces se produce un curioso fenómeno: a los pocos días necesito precisamente estos libros de lo que me he deshecho. A estas alturas soy consciente de que no hay escapatoria. No tengo otro remedio que contemplar pasivamente como mis queridos libros me van expulsando de mi casa.
   De los libros se puede afirmar lo mismo que de todos aquellos objetos cuya cantidad sobrepasa la medida de lo soportable: ya sean los coches en la calle, los vestidos en el ropero o las estrellas en el cielo. Estos amigos, que hemos acariciado alegremente con la mirada, se transforman en enemigos que intentan enterrarnos bajo su peso».


(KLÍMA, Iván y BUCHHOLZ, Quint. El libro de los libros: historias de imágenes. Madrid: Lumen, 1998, p. 101-103.)

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