La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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29 dic. 2012

De la dulce y fiel amistad


   «No hay cosa que tanto deleite el ánimo como la dulce y fiel amistad, siendo gran bien estar dispuestos los pechos para que con seguridad se deposite cualquier secreto en aquél cuya conciencia temas menos que la tuya, cuya conversación mitigue tus cuidados, cuyo parecer aclare tus dudas, cuya alegría destierre tu tristeza, y finalmente, cuya presencia deleite tu vista».


(SÉNECA, Lucio Anneo. Tratados filosóficos; Cartas. 8ª ed. México: Porrúa, 2003, p. 175-176)

27 dic. 2012

Nieve al viento

Trilogía del verde y del agua, de Li-Shu Chen

Copos de nieve al viento,
            caen desde su ahora,
                        caen desde su aquí.

Cuando no hay ayer, cuando
hoy es olvido,
no hay con qué imaginar mañanas:
                        hay sólo lo que siempre hay,
                                               hay este estar naciendo.


(MUJICA, Hugo. Y siempre después del viento. Madrid: Visor, 2011, p. 35.)

17 dic. 2012

Glosa de Navidad


Snow scene at Argenteuil  (1875),  de Claude Monet
   La época de las Navidades comercializadas ha llegado ya. Para casi todo el mundo –dejando aparte a los miserables, lo que nos da muchas excepciones- es un alto para el descanso, cálido e iluminado, en el periodo grisáceo del invierno. Para la mayoría de los que hoy celebran estos días, la gran fiesta cristiana se limita a dos ritos: comprar de manera más o menos compulsiva unos objetos útiles o no, y atracarse o atracar a las personas de su círculo más íntimo, en una inextricable mezcla de sentimientos en donde entran a partes iguales el deseo de complacer, la ostentación y la necesidad de darse uno también un poco de buena vida. Y no olvidemos a los abetos siempre verdes cortados en el bosque –símbolos muy antiguos de la perennidad vegetal y que acaban por morir debido al calor de las calefacciones- ni a los teleféricos que sueltan a sus esquiadores sobre la nieve inviolada.
   Yo no soy católica (salvo por nacimiento y tradición), ni protestante (salvo por algunas lecturas y por la influencia de algunos grandes ejemplos), ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones y también su cortejo de fiestas menores como el día de San Nicolás y la Santa Lucía nórdicas, la Candelaria y la Fiesta de los Reyes Magos. Pero limitémonos a hablar de la Navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre: una antigua balada francesa nos describe a María y a José buscando tímidamente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo, sin que nadie acepte alojarlos, ya que los posaderos prefieren a unos clientes más brillantes y más ricos, siendo finalmente insultados por uno de los que “aborrecen a los pobretones”. Es la fiesta de los hombres de buena voluntad –como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios-, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media que ayudó a María en el parto hasta José que calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles. Es la fiesta de una raza a menudo despreciada y perseguida, puesto que el Recién Nacido del gran mito cristiano aparece en la tierra como un niño judío (empleo la palabra mito con respeto, como la emplean los etnólogos de nuestro tiempo, y como algo que significa las grandes verdades que nos superan y a las que necesitamos para vivir).
   Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esa noche, maravilloso símbolo cuya importancia comprendieron algunos santos y sobre todo San Francisco, pero en el que han descuidado y descuidan inspirarse muchos cristianos corrientes. Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es, o será dentro de unos días, la de los Tres Reyes cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era Negro, alegorizando así todas las razas de la tierra que llevan al niño la variedad de sus dones. Es una fiesta de gozo, pero también teñida de patetismo puesto que ese pequeño a quien se adora será algún día el Hombre de los Dolores. Es, finalmente, la fiesta de la misma Tierra, que en los iconos de la Europa del Este vemos a menudo postrada a la entrada de la gruta en donde el niño escogió nacer; de la Tierra que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera. Y por esta razón, antes de que la Iglesia fijara esa fecha del nacimiento de Cristo, era ya, en épocas remotas, la fiesta del Sol.
   Parece que no es malo recordar estas cosas que todo el mundo sabe y que tantos de nosotros olvidan.


(YOURCENAR, Marguerite. El tiempo, gran escultor. Madrid: Alfaguara, 1989, p. 139-141.)

12 dic. 2012

El modelo ideal de Estado

La Libertad guiando al pueblo (1830), de Eugène Delacroix
«¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente. Me complazco imaginándome un Estado, al fin, que puede permitirse el ser justo con todos los hombres y acordar a cada individuo el respeto debido a un vecino; que incluso no consideraría improcedente a su propio reposo el que unos cuantos decidieran vivir marginados, sin interferir con él ni acogerse a él, pero cumpliendo sus deberes de vecino y prójimo. Un Estado que produjese esta clase de fruto y acertase a desprenderse de él tan pronto como hubiese madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna».

(THOREAU, Henry David. Del deber de la desobediencia civil. Barcelona: Juventud, 2010, p. 442.)


6 dic. 2012

Cuatro preguntas


¿Por qué se apagó la lámpara?
La protegí con mi manto para resguardarla del viento, por eso se apagó la lámpara.

¿Por qué se marchitó la flor?
La apreté con mano impaciente contra mi corazón, por eso se marchitó la flor.

¿Por qué se secó la corriente?
Hice un dique en ella para tenerla sólo para mí, por eso se secó la corriente.

¿Por qué se rompió la cuerda del arpa?
Traté de forzar una nota que no alcanzaba, por eso la cuerda del arpa se rompió.


(TAGORE, Rabindranaz. El jardinero. Madrid: Edaf, 2001, p. 121.)

2 dic. 2012

Las Biblioparadas


En la ciudad de Bogotá (Colombia) se lleva a cabo esta iniciativa que  consiste en la ubicación de pequeñas bibliotecas en las paradas del autobus, para que los libros estén al alcance de toda aquella persona que espera pacientemente el transporte público.

29 nov. 2012

Antes y después de encontrarte


   «Acababa noviembre cuando te encontré. El cielo estaba azul y los árboles muy verdes. Yo había dormitado largamente, cansada de esperarte, creyendo que no llegarías jamás. Decía a todos: mirad mi pecho, ¿veis?, mi corazón está lívido, muerto, rígido. Y hoy, digo: mirad mi pecho: mi corazón está rojo, jugoso, maravillado».


(STORNI, Alfonsina. Poemas de amor. 3ª ed. Madrid: Hiperión, 2003, p. 19.) 

25 nov. 2012

Lugares por descubrir

  

Direct your eye right inward, and you’ll find  
a thousand regions in your mind                      
yet undiscovered. Travel them, and be    
expert in home-cosmography.                   


Dirige la mirada a tu interior y hallarás
en tu mente mil regiones
aún por descubrir. Recórrelas y hazte
experto en cosmografía propia.


Del poema To my honoured friend Sir E.D.P. Knight, de William Habington.


(EN: THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 392.) 

22 nov. 2012

Lugar de la primera mirada


Una lectura de Homero (1885)de Lawrence Alma-Tadema

«El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros».


(YOURCENAR, Marguerite. Memorias de Adriano. 1ª ed., 21ª reimp. Barcelona: Edhasa, 1991, p. 34.)

19 nov. 2012

Como el viento


Discos de Newton (1912),  de František Kupka
Como el viento a lo largo de la noche, 
amor en pena o cuerpo solitario,
toca en vano a los vidrios,
sollozando abandona las esquinas;
                                                    
o como a veces marcha en la tormenta
gritando locamente
con angustia de insomnio,
mientras gira la lluvia delicada;

sí, como el viento a que un alba le revela
su tristeza errabunda por la tierra,
su tristeza sin llanto,
su fuga sin objeto;

como él mismo extranjero,
como el viento huyo lejos.
Y sin embargo vine como luz.


(CERNUDA, Luis. La realidad y el deseo. Madrid: Castalia, 1982, p. 120-121.)

11 nov. 2012

La estrella de Valdštejn

Albrecht von Wallenstein

   «El viaje empezó a resultarle largo.
   Tras un cuarto de hora, Waldstein se dio cuenta con asombro de que ya no avanzaban sobre las piedras de las calles de Praga, sino por una carretera reblandecida por la lluvia, a campo traviesa. El hombre que se hallaba sentado a su lado sin pronunciar palabra abrió entonces una de las ventanas del coche. Notó la fresca brisa otoñal y percibió el olor a tierra mojada. De un bosque cercano les llegó el susurro del viento y el grito de una lechuza. Parecía que se acercaban a una aldea o a una hacienda, pues se oía el ladrido de unos perros y el mugir de las vacas. Era una aldea. Al pasar oyeron una melodía procedente de un mesón, un violín y una gaita.
   –Es Vlasic –dijo el hombre que tenía a su lado mientras cerraba la ventana–. Estamos atravesando Vlasic. Desde aquí llevan arándanos y hongos a los mercados de Praga.
   –¿Falta mucho para llegar al cuartel del patrón? –preguntó Waldstein.  
   –¿A dónde? –le preguntó el hombre.
   –Al cuartel del patrón –repitió Waldstein–. Yo creía que se encontraba en la ciudad.
   –Aún faltan unas cuantas millas, cuatro o cinco –le informó el hombre.
   –Es curioso. No acabo de entenderlo –se dijo Waldstein a media voz».


(PERUTZ, Leo.  De noche, bajo el puente de piedra. Barcelona: Muchnik, 1991, p. 126-127.)


Jardín de Valdštejn - Valdštejnská zahrada

El protagonista de este relato, recogido en el libro “De noche, bajo el puente de piedra”,  existió en la vida real. Su nombre fue Albrecht von Wallenstein, integrante de la nobleza y alto comandante militar, de destacada actuación durante la Guerra de los Treinta Años. 

El Palacio que Albrecht von Wallenstein se construyó en Praga es, en la actualidad,  el Senado checo. El edificio está rodeado por un coqueto jardín llamado, como no podía ser menos, El Jardín de Valdštejn– en checo, Valdštejnská zahrada – abierto al público de abril a octubre, y fuente inspiradora del apellido de tu amigo Jaros.

Hay tres grafías diferentes para el patronímico de este peculiar caballero del siglo XVII: Waldstein, Wallenstein y Valdštejn. Jaros escogió, evidentemente, la grafía checa.

2 nov. 2012

Biografía, Poesía y Destino


   La persistencia de la memoria (1931),  de Salvador Dalí
El poeta cuenta su vida primero a los hombres; después,
cuando los hombres se duermen, a los pájaros;
más tarde, cuando los pájaros se van, se la cuenta a los
árboles...
Luego pasa el Viento y hay un murmullo de frondas.
Todo lo cual se puede traducir también de esta manera:
Lo que cuento a los hombres está lleno de orgullo;
lo que cuento a los pájaros, de música;
lo que cuento a los árboles, de llanto.
Y todo es una canción compuesta para el Viento,
de la cual, después, este desmemoriado y único espectador
apenas podrá recordar unas palabras.
Pero estas palabras que recuerde son las que no olvidan
nunca las piedras.
Lo que cuenta el poeta a las piedras está lleno de
eternidad.
Y ésta es la canción del Destino, que tampoco olvidan
las estrellas.


                                                           
(FELIPE, León. Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 77.)

                                                           

30 oct. 2012

Quehaceres


El sueño del poeta  (1859-60)de Paul Cézanne
«El poeta es el que escucha su propio interior, ahonda en el pozo de lo secreto, se hunde en la noche del ser –abocado a la muerte– y, entregado al silencio, abraza esa incomprensible forma de aurora o resurrección que es la palabra, una palabra que con frecuencia le escapa. El poeta se mueve siempre en el terreno de lo imposible. Por ello escribió Elitis: “Nadie está obligado a interesarse por la poesía. Sin embargo, cuando se interesa por ella está obligado a “saber transportarse” a esta segunda condición, a caminar por el aire y por el agua”. Por esos imposibles avanza el poeta gracias a la claridad triunfante que aniquila los poderes de las tinieblas, aunque la victoria requiera esa muerte previa, ese despojamiento y ese abandono al “saber del no saber”, de modo que su rebeldía ante la razón y esa desesperación que se ha convertido en su “forma de ser” se transformen en serenidad. El poeta adivina la posibilidad de la luz en su renacer después de la negrura nocturna y se dispone a recibirla, pero sabe que ésta es un don, algo que le es dado, cuyo alcance es ajeno a su voluntad, y sabe también que él sólo puede seguir siempre cruzando la noche en pos del alba».


(JANÉS, Clara. La palabra y el secreto. Madrid: Huerga y Fierro, 1999, p. 135.)



   

24 oct. 2012

La Biblioteca Pública de Kansas City


La Biblioteca Pública es una institución clave de la ciudad norteamericana de Kansas, en el Estado de Missouri. Y su decoración exterior es un referente en el diseño de edificios bibliotecarios que invitan a acudir a ellos.

En 2004, en la remodelación de esta biblioteca, sus diseñadores tuvieron la brillante idea de decorar la fachada del aparcamiento exterior con los lomos (gigantes, por supuesto) de 22 de las obras más representativas de la literatura universal, sugeridas primero por los lectores de la misma biblioteca de Kansas City, y luego seleccionadas por el equipo de dirección de la biblioteca.



Fachada de la Biblioteca Pública de la ciudad de Kansas (Estados Unidos)

Los lomos de los libros, que miden aproximadamente 9 metros de alto por 3  de ancho, están fabricados con el mismo material con el que se construyen las vallas de los anuncios publicitarios.

Es una muestra de originalidad y, sin duda, muy atractiva. Un ejemplo a tener en cuenta por muchas bibliotecas, cuyo diseño no siempre sugiere que la ciudadanía las utilice con más frecuencia.

Más información en: http://www.kclibrary.org/

21 oct. 2012

Tercer y último pregón


Otoño, de Vincent van Gogh
   «El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la llamita azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí, una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, cerrar los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío del cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con su pregón ronco de “¡Alhucema fresca!”, en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como una teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.
   Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas».


(CERNUDA, Luis. Ocnos. Sevilla: Fundación Luis Cernuda, 2002, p. 35-36.)

14 oct. 2012

Antínoo

Antínoo como Dionisos
Museo Pío-Clementino del Vaticano
   «Antínoo era griego; remonté en los recuerdos de aquella familia antigua y oscura, hasta la época de los primeros colonos arcadios a orillas de la Propóntida. Pero en aquella sangre algo acre el Asia había producido el efecto de la gota de miel que altera y perfuma un vino puro. Volvía a encontrar en él las supersticiones de un discípulo de Apolonio, el culto monárquico de un súbdito oriental del Gran Rey. Su presencia era extraordinariamente silenciosa; me siguió en la vida como un animal o como un genio familiar. De un cachorro tenía la infinita capacidad para la alegría y la indolencia, así como el salvajismo y la confianza. Aquel hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes se tendió sobre mi vida. Yo admiraba esa indiferencia casi altanera para todo lo que no fuese su delicia o su culto; en él reemplazaba al desinterés, a la escrupulosidad, a todas las virtudes estudiadas y austeras. Me maravillaba de su dura suavidad, de esa sombría abnegación que comprometía su entero ser. Y sin embargo aquella sumisión no era ciega; los párpados, tantas veces bajados en señal de aquiescencia o de ensueño, volvían a alzarse; los ojos más atentos del mundo me miraban en la cara; me sentía juzgado. Pero lo era como lo es un dios por uno de sus fieles; mi severidad, mis accesos de desconfianza (pues los tuve más tarde), eran pacientes, gravemente aceptados. Sólo una vez he sido amo absoluto; y lo fui de un solo ser».


(YOURCENAR, Marguerite. Memorias de Adriano. 1ª ed., 21ª reimp. Barcelona: Edhasa, 1991, p. 130.)

7 oct. 2012

Luz de otoño

Otoño en Praga, Mirador de Letenské sady.
   «El otoño tiene también su verano, ese minuto en que se incendia su oro y se convierte en fuego; el aire se adensa y la luz se hace pastosa, corpórea, más visible que en el verano, y sólo permite, y hasta invita, a que se le mire y, antes de caer, se vuelve pálido como un fantasma de sí mismo, imagen pura de la luz solar; astro que sin decadencia alguna ha cedido ante el requerimiento de la mirada humana. Es, más que la primavera, el instante de cumplimiento de las nupcias entre el Sol y la vida terrestre. Y una paz y una secreta dulzura lo penetra todo, la vida humana también; es el momento de la amistad, de sentirse en amistad, aunque no se tenga; de la intimidad de la amistad, de su cumplimiento, si se la tiene».

                            
 (ZAMBRANO, María. Delirio y destino: los veinte años de una española. Madrid: Horas y horas, 2011, p. 163.)

2 oct. 2012

La paciencia del papel


Ana Frank, en el escritorio de su casa.
      «Para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas. “El papel es más paciente que los hombres.” Me acordé de esta frase uno de esos días medio melancólicos en que estaba sentada con la cabeza apoyada entre las manos, aburrida y desganada, sin saber si salir o quedarme en casa, y finalmente me puse a cavilar sin moverme de donde estaba. Sí, es cierto, el papel es paciente, pero como no tengo intención de enseñarle nunca a nadie este cuaderno de tapas duras llamado pomposamente ‘diario’, a no ser que alguna vez en mi vida tenga un amigo o una amiga que se convierta en el amigo o la amiga “del alma”, lo más probable es que a nadie le interese».


(FRANK, Ana. Diario. Edición de Otto H. Frank y Mirjam Pressler. Barcelona: Plaza&Janés, 1993, p. 13.)


29 sept. 2012

Un sueño


Sala principal de la Biblioteca del Klementinum de Praga.
   «Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro tocó una de las mínimas letras. Un voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
   Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quién las dijo».


(BORGES, Jorge Luis. Artificios.  Madrid: Alianza Editorial, 1993, p. 56). 

26 sept. 2012

Mi última noche en Woroïno


La sonrisa de una lágrima (1973),  de Joan Miró
   «Una noche, en el mes de septiembre, la noche que precedió a nuestro regreso a Viena, cedí a la atracción del piano que había permanecido cerrado hasta entonces. Estaba solo, en el salón casi del todo a oscuras; era, ya te lo he dicho, mi última noche en Woroïno. Desde hacía algunas semanas, una inquietud física se había metido dentro de mí, fiebre, insomnios contra los que luchaba en vano y de los que echaba la culpa al otoño. Hay música fresca con la que uno se desaltera. Por lo menos, yo lo creía así. Me puse a tocar. Tocaba al principio con precaución, suavemente, delicadamente, como si tuviera que dormir a mi alma dentro de mí. Había escogido los trozos más serenos, puros espejos de inteligencia de Debussy y de Mozart y se hubiera podido decir que, como antes en Viena, le tenía miedo a la música turbia. Pero mi alma, Mónica, no quería dormir. O quizás ni siquiera fuera el alma. Tocaba vagamente, dejando que cada nota flotase en el silencio».


(YOURCENAR, Marguerite. Alexis o el tratado del inútil combate.  Madrid: Alfaguara, 1992, p. 158.)

19 sept. 2012

El fruto del libro


Leyendo una historia (c. 1878-79), de James Jacques Tissot
 «Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable. Se convierte en peligroso por el contrario cuando, en lugar de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantarla, cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que no esté a nuestro alcance por el progreso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros como un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas para saborearlo a continuación pasivamente, en una perfecta armonía de cuerpo y mente».

(PROUST, Marcel. Sobre la lectura. Valencia: Pre-textos, 1997, p. 43.)



13 sept. 2012

Svidrigáilov


Spirals  (1953)de M.C. Escher
   «Raskólnikov no había tenido tiempo de abrir los ojos del todo y volvió a cerrarlos un instante. Estaba acostado sobre la espalda y no se movió. “¿Continúo soñando?”, pensó. Y volvió a levantar las pestañas, insensiblemente, para mirar; el desconocido seguía de pie en el mismo sitio y no había dejado de contemplarle. De pronto, aquel hombre cruzó el umbral con cautela, cerró la puerta tras él, con sumo cuidado, se acercó a la mesa, esperó un minuto, poco más o menos –mientras tanto no apartó la vista de Raskólnikov–, y sin hacer ruido, se sentó en la silla, junto al sofá; dejó el sombrero en el suelo, a su lado; se apoyó con ambas manos en el bastón y posó la barbilla en las manos. Estaba claro que se disponía a esperar largo rato. Por lo que podía verse a través de las trémulas pestañas, aquel hombre robusto, no era joven y tenía una barba poblada, rubia, casi blanca...
   Transcurrieron unos diez minutos. Aún había luz, pero ya comenzaba a oscurecer. En la habitación, el silencio era absoluto. Ni de la escalera llegaba ningún ruido. Sólo se oía el zumbido de una mosca grande que, en su vuelo, había chocado contra el cristal de la ventana. Por fin, la situación se hizo insoportable. Raskólnikov se incorporó de pronto y se sentó en el sofá.
   –Bueno, dígame, ¿qué quiera usted?
   –Ya sabía que usted no dormía, que lo disimulaba –contestó de manera extraña el desconocido, riéndose tranquilamente–. Permítame que me presente: soy Arkadi Ivánovich Svidrigáilov...».


(DOSTOIEVSKI, Fedor.  Crimen y castigo. Barcelona: Círculo de Lectores, 1984, p. 285.)

27 ago. 2012

El latido de la tierra


   «Estaba en casa, escribiendo mi libro. En páginas: un poco más de la mitad, momento en que me empieza a gustar, a gustar de veras, lo que estoy escribiendo... aunque eso no significa que el libro sea a partir de ahí más fácil de escribir. Me sentía agarrotada. Tenía sueño. La heroína de mi novela acababa de tener una rabieta y me había dejado exhausta. Quería acostarme, pero no en la cama, que está en otra habitación, ni tampoco en el sofá. No quería abandonar mi libro. Sólo quiero dormir unos momentos. Escribir es volar. Y mi equilibrio interior exige ahora que me acueste. Felizmente agotada, necesito el libro para que me mantenga pegada al suelo. Bajo la nítida luna y el aire plateado, sobre la hierba recién cortada, debajo del libro (a un poco más de la mitad); por tanto, fuera del alcance del teléfono y del fax,  y lejos de otros libros, de los múltiples libros que admiro de otros autores, que te protegen del monstruo televisivo que devora tu cerebro... Como veis, me he alejado de todo. Incluso de mi propio libro, que me resguarda. Encima el libro, debajo la tierra. Sea lo que sea lo que sueñe sobre mi libro, apenas lo recordaré cuando despierte. Escucho el latido de la tierra».


(SONTAG, Susan y BUCHHOLZ, Quint. El libro de los libros: historias de imágenes. Madrid: Lumen, 1998, p. 90-91.)

5 ago. 2012

El tiempo


   «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?
   Recuerdo aquel rincón del patio de la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro brillante, y abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azalea. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.
   Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar».


(CERNUDA, Luis. Ocnos. Sevilla: Ayuntamiento, 2002, p. 31-32.)

30 jul. 2012

Otros ritmos, otros modos


Puesta de sol en la playa de Le Mubelli, Normandia.
No es el mar, no es el viento, es el sol
lo que me duele desde la cintura hasta los zapatos.
Sol de finales de julio
o de agosto a plomo: finas
agujas de acero.
Es el sol de estos días, que brilla
entre las hojas.
Bebiendo mi agua.
Pegado a mi piel.
Es de otro territorio, de otro arenal.
Tiene otros ritmos, otros modos,
otra lentitud para roer
la cal, morderme los ojos.
Hasta cuando ciega canta al arder.


(ANDRADE, Eugénio de.  Los surcos de la sed. Madrid: Calambur, 2001, p. 33.)

21 jul. 2012

Camino sin retorno


   «El cielo es protector, ostenta fielmente esa misión que, desde el despertar de los tiempos, Dios le concedió... ¿Por qué tendríamos que dudar de que él nos desampararía? Sin embargo, siendo seres mortales, tememos tal desventura y nos apegamos a la Tierra. Entre ambos mundos, ahí, en esa frontera inquebrantable, soñamos y padecemos, amamos y morimos. Y en este tirar y aflojar del latir del corazón, él, el corazón, arropado por el miedo a la pérdida, empuja hacia abajo, hacia los ínferos, donde la luz logra apaciguarle tal sufrimiento. ¿No será que la Tierra fue creada redonda para no poder vislumbrar el final del camino?...».


J. Valdštejn