La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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27 nov. 2015

La marcha sobre Berlín


El gran paranoico (1936),  de Salvador Dalí

   «Una helada lluvia de noviembre había estado cayendo desde el amanecer, de modo que pedí a Meier que me llamara un taxi. Las negociaciones financieras empezaron no bien doblamos por la Königsallee, porque el conductor notó que yo no llevaba ninguna maleta abultada.
   –¿Gendarmenmarkt, mein Herr? La tarifa normal..., me refiero a la tarifa del antiguo taxímetro, sería alrededor de un marco.
   La noche anterior, el Kurs había subido a dos billones de marcos el dólar. Cuando pasamos por la esquina donde Walter Rathenau había sido asesinado –¿hacía dieciséis meses?, parecía toda una vida–, convinimos en que, puesto que yo no tenía cuatro de los nuevos billetes de cien mil millones de marcos, una moneda de un cuarto de dólar norteamericano bastaría para cubrir el costo del viaje.
   Me habían citado para entrevistarme con el doctor Strassburger a fin de discutir mis inversiones. No me había molestado mucho por el asunto. Mis acciones alemanas subían. Unas veces vendía algunas para reunir los pocos dólares que necesitaba para vivir; otras compraba más, aumentando mi deuda con Waldstein & Co. Sentía que estaba en buenas manos, aunque, súbitamente, el día anterior, había encontrado un mensaje de Christoph a Meier: Herr Geheimrat Doktor Strassburger solicitaba mi presencia a las diez.
   El Kurfürstendamm estaba lleno de automóviles y peatones que llevaban paraguas relucientes. Pese a la lluvia, unos obreros con una escalera y largos cepillos pegaban un cartel en una Litfassäule. (No sé cómo llamamos nosotros a estos postes de anuncios, porque no los tenemos. Son unas columnas redondas y anchas, de unos cuatro metros de altura, enclavadas en las aceras y completamente cubiertas de anuncios comerciales y oficiales.) El cartel que estaban pegando a aquélla parecía el titular de un periódico, enormemente ampliado, con letras góticas negras sobre fondo blanco:

¡GOLPE DE HITLER EN MUNICH!

   –¿Qué es esto? –pregunté al conductor, que se encogió de hombros.
   –No se sabe nada. Los nazis cortan las líneas telefónicas y telegráficas, y todo lo que se sabe es lo que dice la gente que llega en el tren nocturno, es decir, nada, excepto que hubo un tumulto en una cervecería. Esos malditos bávaros, todo lo hacen en las cervecerías.
   Era la primera vez que oía la palabra “nazi”».


(SOLMSSEN, Arthur R.G.  Una princesa en Berlín. 2ª ed. Barcelona: Tusquests, 2012, p. 400-401.)

22 nov. 2015

El placer de la música




Santa Cecilia  (1895),  de John William Waterhouse

   «Me quedaban las noches. Me concedía, cada noche, unos minutos de música para mí solo. Es cierto que el placer solitario es un placer estéril, pero ningún placer es estéril cuando nos reconcilia con la vida. La música nos transporta a un mundo en donde el dolor sigue existiendo, pero se ensancha, se serena, se hace a la vez más quieto y más profundo, como un torrente que se transformara en lago. Volvía tarde y no podía ponerme a tocar una música demasiado ruidosa; además, nunca me ha gustado. Me daba cuenta de que, en la casa, sólo toleraban la mía y, sin duda, el sueño de la gente cansada vale más que todas las melodías posibles. Así fue, amiga mía, cómo me acostumbré a tocar siempre con sordina, como si temiera despertar a alguien. El silencio, no sólo compensa la impotencia del lenguaje, sino también, para los músicos mediocres, la pobreza de los acordes. Siempre me ha parecido que la música debería ser silencio, el misterio de un gran silencio que buscara su expresión. Véase, por ejemplo, una fuente: el agua muda llena los conductos, se acumula, desborda y la perla que cae es sonora. Creo que la música debería ser el desbordamiento de un gran silencio».


(YOURCENAR, Marguerite. Alexis o el tratado del inútil combate.  Madrid: Alfaguara, 1992, p. 108-109.)

18 nov. 2015

El secreto



            «–Y entonces, ¿qué es lo que me vas a enseñar hoy que no he visto todavía?
            – Varias cosas. De hecho, lo que te voy a enseñar forma parte de una historia. ¿No me dijiste el otro día que a ti lo que te gustaba era leer?
            Bea asintió, arqueando las cejas.
            –Pues bien, ésta es una historia de libros.
            –¿De libros?
            –De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.
            –Hablas como la solapa de una novela de a duro, Daniel.
            –Será porque trabajo en una librería y he visto demasiadas. Pero ésta es una historia real. Tan cierta como que este pan que nos han servido tiene por lo menos tres días. Y como todas las historias reales empieza y acaba en un cementerio, aunque no la clase de cementerio que te imaginas.
            Sonrió como lo hacen los niños a los que se les promete un acertijo o un truco de magia.
            –Soy toda oídos».


(RUIZ ZAFÓN, Carlos. La sombra del viento. 39ª ed. Barcelona: Planeta, 2004, p. 213.)