25 sept. 2013

El brillo de las estrellas

La noche estrellada  (1889),  de Vincent van Gogh
«John Farmer estaba sentado a la puerta de su casa una tarde de septiembre, tras una dura jornada de trabajo, repasando en su espíritu, más o menos, la labor cumplida. Después de haberse dado un baño, fue a sentarse en paz para recrear su persona intelectual. Era un atardecer frío, y algunos de sus vecinos expresaron sus temores de una helada inminente. Poco llevaba dejándose conducir por el tren de sus pensamientos cuando oyó que alguien estaba tocando la flauta, sonido que tan bien armonizaba con su talante del momento. Pero siguió pensando en su trabajo, aunque con el inconveniente de que, aunque aquél bullías aún en su mente –y él seguía, pues, ocupado con él, aun contra su voluntad, maquinando cómo librarse de la idea– la verdad es que poco le importaba. No era sino la escamilla de su piel, constantemente arrancada. Las notas de la flauta, en cambio, llegaban a sus oídos procedentes de una esfera diferente de la que él laboraba, sugiriéndole actividades nuevas para ciertas facultades en él adormiladas. Poco a poco le hicieron olvidar la calle, el pueblo y las condiciones en que vivía. Y oyó una voz: “¿Por qué sigues aquí, dándole a una vida mezquina y ardua, si hay a tu alcance una gloriosa existencia? Estas mismas estrellas brillan también sobre otros campos”. Pero ¿cómo salir de este estado y emigrar allá? Todo cuanto se le ocurrió fue el practicar alguna nueva austeridad, dejar que el espíritu le embargara el cuerpo redimiéndolo, y tratarse en lo sucesivo con acrecentado respeto».




(THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 276.)

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