10 oct. 2018

Latido y fervor




Dos mujeres leyendo (1934),  de Pablo Picasso

Dos personas besándose en un libro.
una sufrida mejilla
helada en el agujero del ardor
Dos mujeres intuyen el espasmo
amparadas por el anonimato de las páginas.
Tormenta de latidos.
Tan solo dos párrafos para ilustrar
el intenso fervor.


Andrea Nunes Brións

29 sept. 2018

Escribir II



   «¿Quién no ha visto agonizar en medio de espantosos sufrimientos a novelas que tenían toda la vida por delante? Nunca se sabe de qué depende su supervivencia; lo cierto es que a veces se les corrompe la sangre y no hay transfusión de tinta que les reanime. Lo más sensato, aunque no lo más fácil, en situaciones así es avisar al crítico forense para que levante el cadáver y firme el certificado de defunción. Muchos no se resignan y hacen con el cuerpo del relato auténticas barbaridades con las que sólo consiguen prolongar su agonía. Un escritor amigo mío, al que se le estaba muriendo una novela corta entre las manos, la llenó de tubos y le metió dos dosis diarias de monólogo interior durante dos semanas. El monólogo interior, en dosis altas, produce en el cerebro de la trama lesiones irreversibles, así que sobrevivió, pero en unas condiciones espantosas. Él, de todos modos, la quería.
   Con las frases, aunque tienen menos células, pasa lo mismo. Delante de mí han muerto oraciones enteras que un momento antes tenían un aspecto excelente. De súbito, les falla el adverbio, que es el encargado de filtrar los humores glandulares y se quedan en el sitio, con un color horrible, por cierto, aunque le inyectes en seguida un plural mayestático. El adverbio es más delicado que el hígado; se obstruye con nada. Un amigo le escribió a otro: “te quise como buenamente pude”, y la frase falleció antes de que le llegara por culpa del “buenamente”, que no filtraba bien el afecto. Se la podía haber mandado desadverbiada: “te quise como pude”, pero habría quedado raquítica. El adverbio, si es bueno, matiza mucho la amistad, la hace más digerible y llevadera. Pero hay pocos y el trasplante te cuesta un riñon.
   De todos modos, algunas novelas muertas pueden venderse como vivas con la ayuda de un forense poco escrupuloso y el amor del novelista. Pero hay que sacarles las vísceras, que se descomponen en seguida, y rellenarlas de serrín».


de Juan José Millás


(incluido en Bibliorelatos: antología de textos del mundo del libro. Barcelona: Casa del Libro, 2008, p. 124-125).

14 sept. 2018

La voz


Moonlight  (1874),  de Homer Winslow

   «El doctor Henke alzó impaciente la cabeza y buscó los ojos del amigo. Él no tenía ningún sentido para la poesía, pero casualmente se le ocurrió que aquellos ojos con su profundidad cambiante y su brillo misterioso e inesperado tenían algo de la naturaleza del mar. Sonrió irónicamente y gruñó:
–Dime por lo que más quieras cómo se te ha ocurrido esa idea.
Con un movimiento natural Erwin se echó hacia atrás el pelo rubio ceniza:
–Oh, es muy sencillo. Cuando vas caminando por la arena profunda, silenciosa detrás de las tumbonas de mimbre de la playa no ves a las personas que están sentadas en ellas, pero oyes voces, conversaciones o risas y entonces sabes: Esa persona es de una determinada manera. Sientes que ama la vida, que tiene una gran añoranza o una pena por la que llora su voz incluso cada vez que se ríe.
El doctor se levantó de un salto:
–Y entonces, mi querido Erwin se asoma un poco y se lleva un chasco cuando ve que las personas son completamente distintas de sus voces.
Erwin sacudió la cabeza:
–Yo no busco personas. Busco la voz».


(RILKE, Rainer Maria. A lo largo de la vida: historias cortas y apuntes. 2ª ed. Barcelona: Alba Editorial, 1999, p. 98-99.)