La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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18 ago. 2017

Metodología de una autobiografía



   «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que nadie le pregunte.
   Cuando, después de mucho torturar el párrafo, Luys Forest lo dio finalmente por bueno, advirtió que no llevaba agenda ni bolígrafo. Prosiguió su paseo por la playa cojeando levemente, golpeando conchas con el bastón, tras el perro ansioso que husmeaba corrupciones. En la concavidad vertiginosa de las olas que avanzaban hasta desplomarse, giraban algas muertas y el último reflejo del poniente.
   Dejó atrás el Sanatorio Marítimo, ruinoso y abandonado, y se internó en los pálidos mosaicos de una urbanización fantasma, una vasta obra paralizada.
   Se diluían en su mente el estruendo del mar y el párrafo obsesivo. Después de todo, pensó, es un poco confuso. Sentía crecer aquel sentimiento espectral de su vida que le aquejaba desde hacía algún tiempo, la irrealidad del entorno y la provisionalidad de las cosas, incluida la curiosidad que su retorno había despertado en el pueblo, y que removía una memoria amarga, fermentada retrospectivamente por el rumor y la maledicencia. Llevaba cuatro meses trabajando en la versión definitiva de su autobiografía, el segundo borrador de seiscientos folios –una orgía desenfrenada de tachaduras y serpeteantes enmiendas–, y parecía haberse propuesto vivir de manera que el mundo no pudiera hablar con él ni alcanzarle: no recibía visitas ni correspondencia ni cultivaba forma alguna de contacto con el pueblo, a excepción de su diario paseo por la playa al atardecer, precedido siempre por su perro y su memoria de arena».


(MARSÉ, Juan.  La chica de las bragas de oro. Barcelona: Planeta, 1992, p.663.)

7 ago. 2017

El porvenir y sus palabras



«Deseo hablar en algún lugar sin límites; como un hombre en estado vigil, que habla a hombres despiertos; pues estoy convencido de que no puedo exagerar siquiera lo suficiente para poner los cimientos de una expresión verdadera. ¿Quién que haya oído una melodía temería el hablar extravagantemente en el futuro? En vista del porvenir o posible deberíamos vivir totalmente relajados e indecisos en lo que a nuestra proyección se refiere, con perfiles brumosos y vagos por este lado como nuestras sombras cuando al sol revelan una perspiración apenas perceptible. La volátil verdad de nuestras palabras deberá traicionar en todo instante la impropiedad del resto de nuestra expresión. Su verdad se traslada inmediatamente; sólo quedan las palabras. Los términos que expresan nuestra fe y nuestra piedad no son definidos; sin embargo, para las naturalezas superiores son significativos y fragantes como el incienso».



(THOREAU, Henry David. Walden o la vida en los bosques. Barcelona: Juventud, 2010, p. 397.)

29 jul. 2017

Vida



Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado;
vivir, vivir, el sol cruje invisible,
besos o pájaros, tarde o pronto o nunca.
Para morir basta un ruidillo,
el de otro corazón callarse,
o ese regazo ajeno que en la tierra
es un navío dorado para los pelos rubios.
Cabeza dolorida, sienes de oro, sol que va a ponerse;

aquí en la sombra sueño con un río,
juncos de verde sangre que ahora nace,
sueño apoyado en ti calor o vida.


(ALEIXANDRE, Vicente. Espadas como labios; La destrucción o el amor. Madrid: Castalia, 1993, p. 140.)

23 jul. 2017

Vía media



   «Cuando Buda emprendió su búsqueda espiritual, se dedicó a practicar inumerables austeridades.
   Un buen día acertaron a pasar dos músicos junto al árbol bajo el que estaba él sentado haciendo meditación. Y uno de ellos le decía al otro: “No tenses demasiado las cuerdas de tu cítara, o se romperán. No las dejes demasiado flojas, o no producirán música. Procura dar con el término medio”.
   Aquellas palabras produjeron tal impacto en Buda que revolucionaron toda su manera de ver la espiritualidad. Estaba convencido de que habían sido pronunciadas para él, y desde aquel instante renunció a todos sus rigores y emprendió un camino fácil y liviano: el de la moderación. De hecho, su método de acceder a la iluminación se conoce con el nombre de “vía media”».


(MELLO, Anthony de. La oración de la rana. Vol. 2. Santander: Sal Terrae, 1989, p. 105.)

13 jul. 2017

Los diecisiete Aurelianos


El árbol de la vida (1909), de Gustav Klimt

   «No se habían extinguido los ecos del homenaje, cuando Ursula llamó a la puerta del taller.
   –No me molesten  –dijo él–. Estoy ocupado.
   –Abre  –insistió Ursula con voz cotidiana–. Esto no tiene nada que ver con la fiesta.
   Entonces el coronel Aureliano Buendía quitó la tranca, y vio en la puerta diecisiete hombres de los más variados aspectos, de todos los tipos y colores, pero todos con un aire solitario que habría bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra. Eran sus hijos. Sin ponerse de acuerdo, sin conocerse entre sí, habían llegado desde los más apartados rincones del litoral cautivados por el ruido del jubileo. Todos llevaban con orgullo el nombre de Aureliano, y el apellido de su madre. Durante los tres días que permanecieron en la casa, para satisfacción de Ursula y escándalo de Fernanda, ocasionaron trastornos de guerra. Amaranta buscó entre antiguos papeles la libreta de cuentas donde Ursula había apuntado los nombres y las fechas de nacimiento y bautismo de todos, y agregó frente al espacio correspondiente a cada uno el domicilio actual. Aquella lista habría permitido hacer una recapitulación de veinte años de guerra. Habrían podido reconstruirse con ella los itinerarios nocturnos del coronel, desde la madrugada en que salió de Macondo al frente de veintiún hombres hacia una rebelión quimérica, hasta que regresó por última vez envuelto en la manta acartonada de sangre. Aureliano Segundo no desperdició la ocasión de festejar a los primos con una estruendosa parranda de champaña y acordeón, que se interpretó como un atrasado ajuste de cuentas con el carnaval malogrado por el jubileo. Hicieron añicos media vajilla, destrozaron los rosales persiguiendo un toro para mantearlo, mataron las gallinas a tiros, obligaron a bailar a Amaranta los valses tristes de Pietro Crespi, consiguieron que Remedios, la bella, se pusiera unos pantalos de hombre para subir a la cucaña, y soltaron en el comedor un cerdo embadurnado de sebo que revolcó a Fernanda, pero nadie lamentó los percances, porque la casa se estremeció con un terremoto de buena salud. El coronel Aureliano Buendía, que al principio los recibió con desconfianza y hasta puso en duda la filiación de algunos, se divirtió con sus locuras, y antes de que se fueran le regaló a cada uno un pescadito de oro».


(GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel.  Cien años de soledad. 2ª ed. Barcelona: Círculo de Lectores, 1990, p. 162-163.)