18 mar. 2013

La indulgencia de Dios

Marguerite (1918),  de Guy Rose
   «En aquella época, tú y yo creíamos en Dios, en ese Dios que tantas gentes nos describen como si lo conocieran. Sin embargo, nunca hablabas de Él porque lo sentías presente. Se habla sobre todo de los que se ama cuando están ausentes. Tú vivías en Dios. Te gustaban, como a mí, los viejos libros de los místicos que parecen haber mirado la vida y la muerte a través de su cristal. Nos prestábamos libros. Los leíamos juntos, pero en voz alta, sabíamos demasiado bien que las palabras siempre rompen algo. Eran dos silencios acordes. Nos esperábamos al llegar al final de la página: tu dedo seguía los renglones de las oraciones empezadas como si se tratase de seguir un camino. Un día en que me sentí más valiente y tú más dulce que de costumbre, te confesé que tenía miedo de condenarme. Sonreíste gravemente para darme confianza. Entonces, bruscamente, aquella idea me pareció pequeña, miserable y muy lejos, comprendí, aquel día, la indulgencia de Dios».


(YOURCENAR, Marguerite. Alexis o el tratado del inútil combate.  Madrid: Alfaguara, 1992, p. 128-129.)

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