La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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13 sept. 2012

Svidrigáilov


Spirals  (1953)de M.C. Escher
   «Raskólnikov no había tenido tiempo de abrir los ojos del todo y volvió a cerrarlos un instante. Estaba acostado sobre la espalda y no se movió. “¿Continúo soñando?”, pensó. Y volvió a levantar las pestañas, insensiblemente, para mirar; el desconocido seguía de pie en el mismo sitio y no había dejado de contemplarle. De pronto, aquel hombre cruzó el umbral con cautela, cerró la puerta tras él, con sumo cuidado, se acercó a la mesa, esperó un minuto, poco más o menos –mientras tanto no apartó la vista de Raskólnikov–, y sin hacer ruido, se sentó en la silla, junto al sofá; dejó el sombrero en el suelo, a su lado; se apoyó con ambas manos en el bastón y posó la barbilla en las manos. Estaba claro que se disponía a esperar largo rato. Por lo que podía verse a través de las trémulas pestañas, aquel hombre robusto, no era joven y tenía una barba poblada, rubia, casi blanca...
   Transcurrieron unos diez minutos. Aún había luz, pero ya comenzaba a oscurecer. En la habitación, el silencio era absoluto. Ni de la escalera llegaba ningún ruido. Sólo se oía el zumbido de una mosca grande que, en su vuelo, había chocado contra el cristal de la ventana. Por fin, la situación se hizo insoportable. Raskólnikov se incorporó de pronto y se sentó en el sofá.
   –Bueno, dígame, ¿qué quiera usted?
   –Ya sabía que usted no dormía, que lo disimulaba –contestó de manera extraña el desconocido, riéndose tranquilamente–. Permítame que me presente: soy Arkadi Ivánovich Svidrigáilov...».


(DOSTOIEVSKI, Fedor.  Crimen y castigo. Barcelona: Círculo de Lectores, 1984, p. 285.)

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