La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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6 dic. 2011

Una tienda de sueños

Mujer soñando con la evasión, de Joan Miró
   «Con la luz eléctrica los paquetes se apagaron y quedaron otra vez descoloridos y polvorientos en los estantes. Me ardían los ojos, me pasé la mano por la frente húmeda y fui al mostrador. El vendedor sacó un lápiz del cajón y abrió el libro de cuentas. Pero, antes de que empezara a escribir, le sujeté la mano, temiendo no pagar lo que me pidiera.
   –Compraré un solo sueño –dije precipitadamente–. Me llevaré únicamente el sueño de Anna... –y enseguida rectifiqué–: ... sólo el de la muchacha y el barco blanco.
   Con gesto pensativo, él anotaba cifras ilegibles en una hoja de papel que tenía junto al bloc, como si le costara calcular el precio.
   –Un mes –murmuró al fin, tachando sus cálculos con una raya firme.
   Yo me reí en su cara.
   Alisándose las solapas, el hombre explicó:
   –Hablo en serio. Quizá esperaba poder pagar con dinero, pero sepa usted que en ningún sitio se compran con dinero los sueños. Debe pagarlos con tiempo. Los sueños cuestan tiempo; algunos, mucho tiempo. Tenemos un sueño (puedo enseñárselo, si quiere) por el que pedimos una vida.
   –Muchas gracias –le interrumpí, porque empezaba a sentir vértigo-, me temo que no dispongo de tanto tiempo, no tengo tiempo siquiera para ese sueño pequeño que deseo comprar –me acerqué al hombre y lo miré con gesto suplicante-. Deseo ese sueño más de lo que pueda usted imaginar, le pagaría mucho por él, le daría incluso todos mis ahorros, pero mi trabajo es antes que mi tiempo, (...)
   –Escuche  –grité al hombre, que había dejado de mirarme y volvía a contemplar la calle con indiferencia–, he de pensarlo, lo pensaré y volveré mañana. ¡Guárdeme el sueño, no permita que otro se lo lleve!».


(BACHMANN, Ingeborg. Ansia y otros cuentos. Madrid: Siruela, 2005, p. 48-49.)

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