15 oct. 2011

Cuentos orientales


   «No llegaba brisa alguna del mar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía ante una mesa redonda de zinc, a la sombra de una sombrilla color de fuego, que recordaba desde lejos una gruesa naranja flotando en el mar.
   Cuénteme otra historia, viejo amigo – dijo Philip dejándose caer pesadamente en una silla –. Necesito un whisky y una historia cuando estoy delante del mar... Que sea la historia más hermosa y menos verdadera posible».


(YOURCENAR, Marguerite. Cuentos orientales.  Barcelona: Suma de letras, 2000, p. 54.)


Mata mua (Érase una vez), (1892) de Paul Gauguin
   Los relatos que componen Cuentos orientales se  inspiran en la literatura popular y el folklore de los Balcanes, en la siempre bella Grecia, en la milenaria y a veces velada China, lugares a los que Marguerite Yourcenar se acerca con un personal y sosegado misticismo.


   «En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos».


(Ibidem, p. 83.)


   En esta obra, la historiadora, poeta y novelista francesa recupera una sutil música  procedente de un mundo diferente, de costumbres lejanas, que se acercan al lector con exquisitas representaciones simbólicas, como el viejo pintor Wang Fo, que se evade en el mar de jade que su pincel acaba de trazar.

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