25 feb. 2016

El arte de la escucha



«El arte del relator pide una escucha, pues por debajo incluso del más sofisticado de los estilos narrativos clásicos se escucha la cadencia de la palabra hablada. Un relato es algo que se dice, que se habla; que se vive en el oído. Pero nosotros hemos perdido el arte de escuchar, hemos dejado de deleitarnos con las digresiones y las pausas de la voz espontánea.  Vueltos holgazanes por la profusión de los brillantes e instantáneos artilugios gráficos  –la fotografía, el
Homenaje a Miró,  de Li-Shu Chen
cartel, el cine, el tebeo–, hemos pasado de auditores a espectadores. Hoy, los únicos que escuchan son los niños, y de ahí que pertenezcan a sus dominios tantos clásicos de la narración, desde Esopo a Dickens.
   Enfrentado a esta turbulencia y baratura emocional, el arte de la emoción se ha replegado en torno a sí mismo. Sigue exigiendo nuestra atención, pero mediante la dificultad técnica. De este modo se ha procedido a un enorme enriquecimiento del lenguaje y del recurso formal, pero pagando un precio. Sigo pensando que un novelista “natural” es un hombre capaz de contar una historia espontánea y mantener la atención de los pasajeros de un vagón de tercera en un caluroso día de verano. Por cierto, ésa es una prueba a la que no quisiera someter a muchos de nuestros maestros actuales.
   Sin embargo, Mérimée saldría triunfante. Nada más ponerse a contar una historia con su voz elegante y de algún modo afectada, es imposible desviar la atención».


(STEINER, George. Lenguaje y silencio. 2ª ed. Madrid: Gedisa, 2000, p. 238-239.)

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