12 abr. 2016

Julián Carax



   «Fue por entonces cuando empecé a oír por las calles las historias acerca de un individuo que rompía los escaparates de las librerías por la noche y quemaba libros. En otras ocasiones, el extraño vándalo se colaba en una biblioteca o en la cámara de un coleccionista. Siempre se llevaba dos o tres tomos, que quemaba. En febrero de 1938 acudí a una librería de viejo para preguntar si era posible encontrar algún libro de Julián Carax en el mercado. El encargado me dijo que era imposible: alguien los había estado haciendo desaparecer. Él mismo había tenido un par y los había vendido a un individuo muy extraño, que ocultaba su rostro y al que apenas se le podía descifrar la voz.
            –Hasta hace poco quedaban algunas copias en colecciones privadas, aquí y en Francia, pero muchos coleccionistas empiezan a desprenderse de ellas. Tienen miedo –decía–, y no les culpo.
            A veces Julián desaparecía durante días enteros. Pronto sus ausencias fueron de semanas. Se iba y volvía siempre de noche. Siempre traía dinero. Nunca daba explicaciones, o si lo hacía, se limitaba a dar detalles sin sentido. Me dijo que había estado en Francia, París, Lyon, Niza. Ocasionalmente llegaban desde Francia a nombre de Laín Coubert. Siempre eran libreros de viejo, coleccionistas. Alguien había localizado una copia perdida de las obras de Julián Carax. Entonces desaparecía varios días y regresaba como un lobo, apestando a quemado y a rencor».


(RUIZ ZAFÓN, Carlos. La sombra del viento. 39ª ed. Barcelona: Planeta, 2004, p. 503-504.)

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