La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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3 mar. 2012

La librería (y también biblioteca) de Florence


    «–¡Alguien trae un envío para usted! –gritó Wally desde la bici, con un pie en el suelo–. Preguntó dos veces cuál era el camino, una en la gasolinera y otra en la vicaría. Ahora tiene problemas para dar la vuelta. Está intentando hacerlo en una sola maniobra, para cruzar directamente y venir por la parte de atrás.
   Con el tiempo, esta furgoneta en concreto, elegante con su pintura roja y crema, se convertiría en la más conocida de Hardborough. Era la furgoneta de Brompton’s, la tienda de Londres que ofrecía servicio de biblioteca a libreros de provincias, sin importar lo lejos que estuvieran. A petición de Florence, le habían traído los primeros volúmenes, y ella tenía que firmar un compromiso y leer las condiciones que proponía Brompton’s.
   Éstas parecían más una filosofía moral o las leyes de un Estado ideal, que la expresión de una transacción económica. Los libros disponibles para préstamo estaban divididos en tres clases: A, B y C. Los de la clase A eran los que se pedían mucho, los de la clase B eran simplemente aceptables, mientras que los de la clase C eran libros francamente viejos y que no interesaban a nadie. Por cada A que se llevara, debía llevarse tres Bes y un número considerable de Ces para sus lectores. Si pagaba más, podía llevarse más Aes, pero también un montón enorme de Bes y de Ces. Además, no se le enviaría nada nuevo hasta que no devolviera la última remesa.
   Brompton’s no ofrecía ninguna sugerencia sobre cómo inducir a los lectores a que eligieran el libro más adecuado. Es posible que en Knightsbridge tuvieran sus propios métodos al respecto.
   El mismo día en que se anunció la apertura de la biblioteca con apenas un nota escrita a mano y colgada en la ventana de la librería, se inscribieron treinta vecinos de Hardborough».


(FITZGERALD, Penelope. La librería. Madrid: Impedimenta, 2010, p. 69-70.)


   La librería cuenta la historia de Florence Green, una joven viuda en un pueblo de la costa inglesa de Suffok. Mujer “pequeña de aspecto, delgada y huesuda” y de buen carácter, aunque eso le sirve de poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir en un pueblo prácticamente aislado.  En 1959 rehabilita una vieja casa en ruinas donde instala una librería, con fantasma incluido, junto a la playa y ante el desconcierto, primero, y las intrigas, después, de sus vecinos, cultivadores de guisantes, militares retirados, pescadores de arenques,... gente en fin, con mucho tiempo para ocuparse de los asuntos ajenos.
   La llegada a la librería de la edición de Lolita de Nabokov desencadena una tormenta peor que el viento nórdico que suele azotar al pueblo.
   Con una prosa ágil y un léxico muy bien elegido para decir lo que quiere sin artificios, la autora, Penelope Fitzgerald, va construyendo una historia que atrapa al lector, llevándolo como espectador a esos paisajes fríos, inhóspitos, bañados por mares norteños y donde la literatura, la buena y también la de consumo rápido, parecen no tener un lugar.

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