14 ago. 2014

Evaluación diaria

«Hermosa costumbre la de hacer cada día un examen de todas nuestras acciones. ¡Qué tranquila se nos queda el alma cuando ha recibido su parte de elogio o de censura, siendo censor ella misma que, contra sí misma, informa secretamente! Ésa es mi regla: diariamente me cito a comparecer ante mi tribunal. En cuanto se queda a oscuras mi aposento y mi mujer, que sabe mi costumbre, guarda silencio por respeto al mío, comienzo la inspección de la jornada entera, pienso en todos mis actos, repaso mis discursos. No disfrazo, no adultero nada, no olvido cosa alguna. ¿Qué puedo temer del reconocimiento de mis faltas cuando puedo decirme: no vuelvas a hacerlo, por esta vez te perdono?  Y reconozco la actitud que he puesto en algunas discusiones; la inutilidad de discutir con la ignorancia, que nada quiere aprender porque nada ha aprendido; las advertencias importunas que no he debido hacer, pues no he corregido y he molestado. Y me digo: ten cuidado otra vez, teniendo en cuenta más que la bondad de tus consejos el estado de ánimo del que tal vez no esté en disposición de resistir la verdad».


(SÉNECA, Lucio Anneo. Tratados filosóficos; Cartas. 8ª ed. México: Porrúa, 2003, p. 64.)

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