La Historia y la Poesía las hace el Viento...

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta... Pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.

Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre... Yo, cuando el Viento ha huido a su caverna, me tumbo a dormir. Me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda (...)

El viento es un exigente cosechero:

el que elige el trigo, la uva y el verso...

el que sella el buen pan,

el buen vino

y el poema eterno...


LEÓN FELIPE

(Antología rota. 8ª ed. Buenos Aires: Losada, 1977, p. 7.)

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14 jun. 2015

La Belleza y la Libertad

En una calle de San José (Costa Rica)

«El espíritu histórico y el artista quieren, cada uno a su modo, rehacer el mundo. El artista, por una obligación de su naturaleza, conoce los límites que el espíritu histórico desconoce. He ahí por qué el fin de este último es la tiranía en tanto que la pasión del primero es la libertad. Todos aquellos que hoy luchan por la libertad vienen a combatir en última instancia por la belleza. Desde luego que no se trata aquí de defender a la belleza por ella misma. La belleza no puede prescindir del hombre y nosotros no daremos a nuestro tiempo su grandeza y su serenidad si no es siguiéndolo en su desdicha. Ya nunca seremos solitarios,pero no es menos cierto que tampoco el hombre puede prescindir de la belleza y esto es lo que nuestra época parece querer ignorar. Nuestro tiempo se empeña en alcanzar lo absoluto y el imperio de las cosas. Quiere transfigurar el mundo antes de haberlo agotado, ordenarlo antes de haberlo comprendido. Diga nuestro tiempo lo que dijere, lo cierto es que deserta del mundo. Ulises retenido por Calipso pudo elegir entre la inmortalidad y la tierra de su patria. Eligió la tierra y con ella la muerte. Una grandeza tan sencilla nos es hoy ajena. Otros dirán que nos falta humildad. Pero esta palabra a decir verdad, resulta ambigua. Semejantes a esos bufones de Dostoyevski [sic] que se vanaglorian de todo, que saben hasta las estrellas y terminan por hacer gala, en el primer lugar público, de su vergüenza, carecemos únicamente del orgullo de hombres que significa fidelidad a sus propios límites, amor sereno y consciente por su propia condición».



(CAMUS, Albert. El verano. Buenos Aires: Sur, 1958, p. 42-44.)



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