28 ene. 2013

Ella nunca volvería a Praga

El Vltava atravesado por el Karlův most (Puente de Carlos).
Al otro lado del río, el barrio de la Malá Strana, y al fondo en lo alto, Hrad
čany (el Castillo de Praga).

   
   «Regresé a la ciudad por el puente de Carlos, pero no arrojé la moneda al Vltava, cuyas aguas centelleaban por efectos de la luz de los fanales encendidos. Anochecía y el paisaje se transformaba sumergiendo la ciudad en la sombra y el silencio. De noche, la Staré Město es lúgubre y desvalida.
   Me volví de cara al Hradčany, que estaba iluminado en bloque como en las grandes ocasiones. La iluminación emergía desde los jardines que rodean el vasto recinto. El espectáculo era de gran ópera rusa, grandioso y trágico.
   El cono de la mazmorra de Dalibor se destacaba nítidamente al extremo del flanco derecho. A la izquierda, las cúpulas de la iglesia de San Nicolás me parecieron más bellas que las de la catedral de San Vito, que lo dominaban todo, incluso los edificios del poder político. La imagen era intimidadora. Simbolizaba todo lo que yo había combatido en mi vida.
   Sentí un escalofrío de miedo o de rechazo. Tuve la sensación de que nunca volvería a Praga, la certeza de que jamás la olvidaría».


(PÀMIES, Teresa. Praga. Barcelona: Destino, 1987, p. 196.)

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