7 ago 2023

Esas pequeñas (e imprescindibles) cosas de la vida

«–Supongo que querrás contarme algo –intentó ayudarlo–. ¿Una historia quizá?
–Sí. Es una historia que no ha tenido ocasión de contársela a nadie, ni a Clara, que es a quien tenía que habérsela contado nada más ocurrir, ni a usted, ni a mis padres, ni a los padres de Clara ni a nadie…
–Y ahora vienes a contármela a mí.
–Necesito contársela a alguien y nadie mejor que usted. Me muero por contar esa historia, y porque llegue a los oídos de Clara y alcance su perdón, o al menos, su comprensión y su piedad.
Entonces el señor Levin se levantó, rodeó la barra y fue poniendo sobre ella platitos y cuencos con frutos secos, con pepinillos y aceitunas, con canapés, con pastas, con tapas de tortilla, de queso, de embutido, y después fue a abrir la puerta que daba al jardín para que entrara el fresco de la noche, y al fin volvió a sentarse en su taburete y extasió la vista en las alturas.
–Paula y yo nos pasábamos la vida contándonos la vida, contándonos las historias de nuestras pequeñas andanzas diarias, y esos fueron quizá nuestros mejores momentos de felicidad. Y siempre, antes de ponernos a contar, sacábamos cosas ricas para comer y beber, y nos instalábamos muy cómodamente, porque así es como saben bien los relatos, y a veces son tan gustosos que, entre vivir y contar, si me dieran a elegir, no sé muy bien con qué me quedaría. Al final lo que perdura son las historias, y lo demás es pasto del olvido. Así que, desahógate, como hice yo contigo, y comamos y bebamos, y ya verás como al final, puestas al descubierto por las palabras, las cosas son más claras y livianas que antes».


(LANDERO, Luis. Absolución. Barcelona: Tusquets, 2012, p. 314-315).

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