5 abr 2023

La experiencia de la lectura

«Es bueno que ciertas cosas, que ya no puedan transformarse en otras, consten, simplemente, sin lamentar los hechos ni tampoco juzgarlos. Fue así que comprendí claramente que yo nunca sería un verdadero lector. Cuando era niño se me antojaba que la lectura era una profesión que debía ser asumida más tarde, un día, cuando llegara el momento de las profesiones, una tras otra. A decir verdad, no tenía una idea precisa de cuándo podría ocurrir esto. Confiaba en que se advertiría cuano la vida, en cierto modo, cambiara repentinamente y sólo le viniera a uno de fuera, así como antes surgía de adentro. Me imaginaba que entonces se volvería ininteligible, terminante y de ningún modo equívoca. En manera alguna sencilla sino, por el contrario, llena de exigencias, compleja y difícil, pero en todo caso visible. Aquel exceso propio de la infancia, esa desproporción, ese no-abarcar-bien-con la vista, todo habría de ser superado después. Es cierto, no se comprendía cómo. En el fondo, eso crecía cada vez más y se cerraba por todas partes y, cuanto más se miraba en su interior, más se agitaba el fuero íntimo en ello: sabe Dios de dónde provenía. Probablemente, seguiría creciendo hasta un punto máximo y entonces se quebraría de un golpe. Era fácil observar que las personas mayores se inquietaban muy poco por esas cosas; iban y venían, opinaban y comerciaban, y las dificultades que encontraban se debían sólo a circunstancias exteriores.

En mi caso, también la lectura se situaba en el principio de semejantes transformaciones. Entonces se trataría a los libros como a las amistades; habría un tiempo reservado para ellos, un tiempo determinado, que pasaría en forma regular y complaciente, no más prolongado que el estrictamente necesario y provechoso. Naturalmente algunos libros estarían más cerca de uno y nadie podía asegurar por anticipado que no se podría perder de vez en cuando una media hora con ellos, un paseo, una cuta, un estreno teatral o una carta urgente. Pero que el cabello quedara revuelto y enmarañado como si uno se hubiera apoyado en él, que las orejas se enrojecieran y las manos se pusieran frías como el metal, y una larga candela se consumiera ardiendo junto a uno y al derretirse cayera dentro del candelero, todo esto, gracias a Dios, quedaría por completo descartado.

Cito estos síntomas porque yo mismo los experimenté de una manera bastante llamativa durante aquellas vacaciones en Ulsgaard, cuando tan repentinamente me concentré en la lectura».


(RILKE, Rainer Maria. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Buenos Aires: Corregidor, 1977, p. 169-170).

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